DE BERLÍN A BAGDAD

Por HERMANN TERTSCH

El País  Martes, 30.01.07

EL CONFLICTO DE IRAK

Algo especialmente glorioso y bello como bien irrenunciable e indoblegable de las democracias prósperas y sociedades serenas y tranquilas está en su capacidad y dignidad derivadas ambas de que se inspiran directamente en las lecciones de las catástrofes y miserias que nos hundieron en el pasado y sobre todo, una y otra vez, durante el terrible siglo XX. La base para estos efectos benefactores sobre las sociedades, ya sea en Europa, América, Oriente Próximo o Asia, está en que las realidades del pasado y del presente sean accesibles a todos y que a todos beneficien como mensajes de sabiduría colectiva desde las elites hasta las capas más humildes e iletradas de la sociedad. Pero para eso, lo importante y condición probablemente imprescindible, es que la responsabilidad política repose en gentes que se han interesado por formarse y educarse en el respeto a la verdad y al pasado, que no quieran manipular las incertidumbres, la ignorancia y las supersticiones.
Quienes conozcan el horror del sufrimiento sin precedentes de lo que -más allá de la tradición humana de matanzas y guerras entre pueblos e individuos- ha sucedido en Europa en el siglo pasado, han de venerar la gran demostración de orden compasivo que este continente ha desplegado en casi seis décadas y la conquista de unas cotas de protección de la persona jamás alcanzadas en la historia de la humanidad. Cierto, insistimos, la condición inexcusable para que esto sea posible está en la decisión y fortaleza democrática de los líderes, la batalla contra todo fanatismo, el reconocimiento de lo acaecido, antes y después de la paz, antes y después de ellos mismos. Sucedió en Berlín. Hoy es más que la metrópolis y símbolo del éxito de la democracia. En el siglo XIX toda la política mundial giró en torno a la promesa o amenaza de un proyecto que cruzaba Centroeuropa, los Balcanes y Turquía hasta Mesopotamia, el sueño imaginario de vertebración de un mundo, eje imaginario de riqueza, más que una línea ferroviaria, más que un tren. Era el “Berlín-Bagdad”.
Se tejieron y destruyeron alianzas, países y protectorados. Millones de hombres murieron combatiendo en guerras inspiradas por el sueño desde el Congreso de Berlín de 1871 hasta la ocupación nazi de los Balcanes. Berlín y Bagdad, sueño y pesadilla. Ocupadas en su día por las mismas fuerzas. Berlín, mucho peor tratada. Y hoy es un sueño y Bagdad el horror. ¿Todo culpa de los ocupantes? Se atreve uno a escribir que no. Las páginas que preceden a este comentario dicen mucho en este sentido. En Gaza se combaten Hamás y la OLP, en Israel un suicida palestino repite, Líbano amenaza con una guerra civil, en Irak son los chiíes y suníes los que preparan otra, en la lejana Rusia vemos siniestros movimientos armados hacia Georgia, el Cáucaso, Turquía, Bagdad. ¿Todo culpa de George Bush y el ominoso Estado de Israel? Probablemente no.
El fracaso, el dolor, la guerra y la esperanza sentidos en la posguerra de Europa han generado un sistema entero de concordia y la buena fe de gran éxito. En lodazales ideológicos y religiosos son focos infectos de odio que profanan tumbas, dinamitan mezquitas o bendicen genocidios. Los europeos no somos inmunes. Siempre dispuestos a recaer. Sabemos generar pozos de odio como pocos. No lo entienden aquellos que banalizan dolores, amenazas o males, aunque nos vaya la dignidad y muchas veces la vida. Los que nada saben y todo creen inventar e inaugurar.
Berlín y Bagdad unidos en un eje de modernidad fue un sueño europeo. El esfuerzo por imponer una democracia en Bagdad puede haber fracasado ya como aquella línea férrea. Pero no es, ni mucho menos una iniciativa indigna como pretenden algunos. Lo demostraron los iraquíes votando en masa en las peores condiciones por mejorarlas. Nadie tiene derecho a condenar a Oriente Medio a vivir bajo la brutalidad que el fanatismo, los errores de unos y la pasividad de tantos parecen imponer. Se cumplen ahora tres décadas de la Carta 77 de Praga contra la dictadura comunista. Aquel derroche de coraje triunfó y la pesadilla que dominaba media Europa ha fenecido. El fanatismo islamista ha de ser contenido y derrotado. No puede ser sustituido por islamismos moderados como no cabía nazismo moderado para Berlín. El peor enemigo para la democracia y la libertad de quienes están condenados a vivir bajo totalitarismos es la indiferencia y el egoísmo de quienes viven en libertad. En Berlín, en Praga y en Bagdad.

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EL HOMBRE DE HONOR Y LA MENTIRA POPULAR

Por HERMANN TERTSCH

El País  Martes, 23.01.07

COLUMNA

En sus imprescindibles memorias, el líder partisano, verdugo comunista, intelectual y finalmente hombre de honor que fue Milovan Djilas, explica con detalle cómo un día muy especial en plena guerra, apuntó con su fusil a un prisionero en fuga que corría por un altiplano montenegrino, apretó el gatillo y vio cómo caía abatido el hombrecillo. Djilas aseguraba poco antes de morir como un venerable anciano sabio, que en la fracción de segundo que sintió le pasaba del cerebro al dedo la orden de matar al enemigo sintió tanta culpa como orgullo y por primera vez surgió una fuerza de contrapeso a la feroz ideología que se erigió en la mentira popular.
El implacable Djilas pensó tanto en la vida del infeliz como en la fuerza que lo indujo a apretar el gatillo. Entre los hombres sin piedad que dirigían la resistencia comunista se creó entonces una imperceptible fisura. Rankovic sería un asesino hasta su muerte, Kardelj un ideólogo amanerado y Tito el fatuo hombre de poder. Djilas nunca volvió a ser uno de ellos. En la plenitud del poder, en la victoria, supo ver el sufrimiento al que sometían mentira y odio a todos. Allí surgió el hombre de honor que habría de decir verdades que, paradójicamente, hicieron libres a otros pueblos antes que al suyo. Djilas despreciaba tanto a la Serbia nacionalista de Slobodan Milosevic en la que murió en 1995, como a la Yugoslavia corrupta y mentirosa que construyó su compañero de armas, Josip Broz Tito.
La pésima noticia actual es que el nacionalismo que asumió en Serbia la miseria moral y el legado de brutalidad de la ideología comunista sigue viva. El domingo consiguió ser otra vez la fuerza más votada con un 28,7%. Un tercio de los escaños. Tristes datos. Y con su caudillo preso como criminal de guerra en La Haya. Serbia es, sin duda, una peligrosa anomalía. También lo es, que en zonas de Europa occidental mimadas por el bienestar y la democracia algunas opciones criminales, etnicistas e identitarias consigan mayorías o minorías amplias que condicionan la vida política de las democracias. Puede que lo peor no sea que el partido más votado es abiertamente nazi como es el SRS de Seselj. Quizás lo sea que el jefe del Gobierno actual, Vojislav Kostunica -ya saben, “nacionalista moderado”-, es un experto en presentarse como disuasor de las fobias antieuropeas que le benefician y por tanto no dejar de promocionar. Los nacionalistas “moderados” dicen que los radicales han perdido. Resulta un mensaje familiar. En realidad se han repartido el triste mensaje de victimismo que fomenta la gran mentira popular. Serbia no logra pasar página. Quizás Zoran Djindjic hubiera acabado con la plaga de mentiras y mentirosos que atenaza a Serbia a su pasado miserable y culpable. Pero también a él lo mataron.
Si Hitler se nutrió de la leyenda del apuñalamiento (Dolchstosslegende) de Versalles, Milosevic del mito del Campo de los Mirlos y todos los nacionalistas de agravios inflados o imaginarios, la mentira popular serbia aun insiste en ignorar que la destrucción de Yugoslavia -que Milosevic inició- sólo concluirá cuando todos acepten que Kosovo no es Serbia. La guerra lo cambió todo allí como Hitler logró que Pomerania oriental y Königsberg dejaran de ser Alemania.
Quizás algunos entren en razón. Puede que no. Kostunica ya coquetea con la Rusia del Señor de la Lubianka para un chantaje conjunto a la UE. Como los ultras. Europa no tiene fuerza para combatir allí la mentira popular y por eso ayer se columpiaba de nuevo en sus propios engaños optimistas. La última vez que los serbios se lanzaron a matar por dicha mentira el hombre de honor que puso fin a la matanza fue un norteamericano, un tal Bill Clinton. Nadie se alarme por los tristes resultados electorales. No auguran matanzas inmediatas. Pero nadie confíe en un fin próximo de la mentira que envenena a Serbia y paraliza a todos los Balcanes occidentales en un pozo negro.

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JÜNGER EN EL VITOSHA

Por HERMANN TERTSCH

El País  Martes, 16.01.07

COLUMNA

El Vitosha es una gran montaña que domina Sofía y por cuyas estribaciones orientales sale en invierno un sol que, aun muy bajo, crea unos juegos de reflejo con la nieve que vistos desde la llanura occidental de la capital, se antojan pura magia. La primera vez que presencié este inolvidable amanecer en aquella amplia campiña búlgara bajo la sierra intentaba yo sintonizar la BBC en onda corta y sólo captaba algunas emisoras rusas y árabes y las combinaciones de números que las emisoras de los servicios secretos del este y oeste se lanzaban por las ondas en inglés, alemán y ruso, para coordinar las directivas a los agentes y las informaciones secretas a sus legaciones y embajadas. Eran letanías con ritmo de tales: dva, chetri, piat, dva, yeden; two, two, seven, five, two, zero, four, two; zwei, acht, sechs, sieben, zwei, neun, null, acht, neun, sechs, vier. Sonaban como oraciones lanzadas por unos seres a otros, escondidos y solitarios como uno mismo, que esperaban indicaciones, órdenes, sentido a su existencia allá donde estuvieran. Parecían órdenes del más allá para gentes superiores que disponían de claves inaccesibles para los mortales. He escuchado durante horas, antes y -menos- después de la caída del telón de acero, estos canturreos de claves, en Sofía, en Riga, en Estambul, Berlín, Sibiu, Plovdiv, Cracovia, Burgas o Moscú. Aunque muy pronto supe que quienes emitían y recibían estas órdenes en clave eran unos pobres diablos que cumplían las más tristes y prosaicas de las tareas posibles, nunca han dejado de encandilarme los ritmos y sonsonetes cuasi religiosos que la guerra fría convirtió en rutina en las ondas.
Aquella percepción de los servicios secretos del Este de Europa -desde una posición de práctica impunidad del profesional occidental y por tanto exentas del pánico ante la prisión, tortura y muerte que sin duda generaban en millones de habitantes de los pueblos visitados por el terror del nazismo y el comunismo-, siempre ha sido muy literaria, por frívola que parezca la aseveración. Interés tiene todo aquello que incita curiosidad e inteligencia aunque amenace con demonios. Es magnífico el paralelismo que hace entre Jünger y Goethe el escritor y diplomático Manfred Osten, en una joyita que ha editado en España un antiguo embajador de Alemania en Madrid, Henning Wegener, en la editorial Complutense con el título de Ernst Jünger y los pronósticos del Tercer Milenio (léanlo, es una joya, insisto). Si Jünger evoca a “los bichos, las masas de ratas y ratones que se presienten ocultos bajo el suelo y las bóvedas de los sótanos”, Goethe habla de que “nuestros mundos moral y político están minados por pasadizos subterráneos, sótanos y cloacas…”. Y lanza un terrible mensaje: “Sólo aquel que posea cierta noticia de ello comprenderá que el suelo se hunda aquí o que de allá surja humo de improviso”.
Las cloacas existen y siempre existieron bajo la bella montaña del Vitosha, como en los calabozos de Moabit o la Lubianka y en todas las sentinas en las que hoy se lucha por información e intoxicación, sea constructiva o destructiva, en las ondas hertzianas y aquí detrás de la casa de todos y cada uno de los lectores y junto a todos los obispos polacos, cancilleres alemanes y ministros consejeros de la más humilde embajada. Todo para destruir a individuos y reconfortar y organizar a sicarios. Allí, se impone, ya otra vez en términos de Jünger pero también de Goethe, el espíritu de los tiempos o la oportunidad -o la moda- que es el Zeitgeist frente al espíritu de los principios inquebrantables de la dignidad de la persona y la honestidad intelectual y espiritual, de la trascendencia, que es lo que algunos hemos entendido como el Weltgeist. Al Zeitgeist y al relativismo de la palabra y de la idea lo acompaña esa implacable idea del desprecio por la paciencia y lo acaecido. Goethe hace que Mefistófeles maldiga a la paciencia. Mefisto no es otro que Napoleón y Hitler y Stalin y todos aquellos que creen poder imponer soluciones de felicidad a su especie. Y para ello necesitan tener soldados que les naden por las cloacas de Jünger. Por eso hoy volvemos a tener muy en vanguardia de la defensa de los Estados a quienes defienden el Zeitgeist desde el lodo.

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EL OBISPO Y LA MALA FE

Por HERMANN TERTSCH

El País  Martes, 09.01.07

COLUMNA

¡Cuántas veces se habrá reído Adam Michnik de los valientes anticomunistas que surgieron por doquier en Polonia cuando el régimen comunista era ya historia! ¡Cuántos individuos prudentes, satisfechos, indiferentes o miedosos, que vivieron sin el menor roce con el régimen comunista durante toda o parte de sus cuarenta años de existencia en Polonia, descubrieron su odio al comunismo cuando éste había dejado de existir! A Michnik esto ya no le hace gracia. Lo que podía haber sido una grotesca y efímera pantomima urdida para pulir y ennoblecer biografías se ha revelado como un perverso instrumento de lucha política que, utilizado desde el poder y las alcantarillas del Estado, envenena el discurso político, crispa el diálogo, rompe el tejido social y amenaza a la convivencia.
El tristísimo espectáculo del domingo ante la Catedral de Varsovia, en el que por poco se evitó una batalla campal entre feligreses partidarios y adversarios de la dimisión recién acaecida del arzobispo Stanislaw Wielgus, es sólo una prueba más de cómo el pasado, exhortado con mala fe, puede retornar para abrir heridas viejas y nuevas y reactivar odios. Nada tiene esto que ver con el conocimiento del pasado, pero sí mucho con la vocación del nuevo revanchismo polaco, liderado por los gemelos Lech y Jaroslaw Kaczyinski e institucionalizado en el Instituto de la Memoria Nacional. Lo que se pretendía en su día fuera un instrumento para historiadores y para ofrecer a las nuevas generaciones información sobre los dos totalitarismos que torturaron durante más de 70 años a Polonia, se ha convertido en una gestora del poder que, con las fichas de la policía política comunista, hace y deshace reputaciones, filtra u oculta según convenga unos documentos por naturaleza mentirosos, parciales y manipulados.
Es evidente que Wielgus quedaba irremisiblemente inhabilitado tras reconocer, dos días antes de su toma de posesión como arzobispo de Varsovia, una colaboración con los chequistas polacos que había negado reiteradamente. Su falta está en la mentira, como en otros casos en el silencio. Nadie que no viviera bajo el régimen puede imaginar las presiones a las cuales podía ser sometido un joven sacerdote que estudiaba filosofía en Lublín en los años sesenta. Y nadie sabe por qué unos se doblegaron y otros tantísimos no lo hicieron ni para salvar sus vidas, como Jerzy Popieluszko. La Iglesia polaca era el máximo poder anticomunista en todo el Pacto de Varsovia, tan fuerte que dirigió la lucha triunfal contra el sistema en los años ochenta. Era objeto preferencial de infiltración. Lo que no logró el régimen es crear en la Iglesia grupos títere como Pacem in Terris, en Checoslovaquia.
Los dos legendarios cardenales de la resistencia al comunismo, el polaco Wiszynski y el húngaro Mindszenty, consiguieron mantener la unidad de su iglesia, pero no evitar su infiltración. Hace un año se supo que el obispo ya jubilado de Esztergom también había sido confidente. Estos denunciantes denunciados llevan consigo la tragedia de su debilidad, su culpa y su vergüenza, como evocaba Peter Esterhazy en su De Caelestis. Quienes juzgan conductas ajenas bajo el totalitarismo desde la comodidad y la libertad de la Europa actual son frívolos o rufianes.
Wielgus ha pagado con su tragedia personal el hecho de mentir. Y ha hecho un gran daño a la Iglesia polaca, que el año pasado redactó un memorando sobre las conexiones del clero con servicios secretos en el que decía que “la mera firma de un compromiso de cooperación, independientemente de motivos o razones, es un pecado”. Pero al margen de este drama, preocupa la larga carta del Gobierno polaco al Vaticano denunciando al obispo, y no menos el origen de la filtración de la denuncia contra él. Parece evidente que si los hermanos ultracatólicos Kaczynski son capaces de dirigir la caza de brujas contra el ya nombrado arzobispo de Varsovia, son capaces de cualquier cosa para desacreditar a quienes consideran la anti Polonia, esa mitad de la sociedad polaca que no representan y que se quiere excluir del sistema, despojada de sus derechos por reales o supuestas conexiones, simpatía o simplemente falta suficiente de odio hacia el comunismo. Los Kaczynski tachan a toda la oposición liberal y socialdemócrata de ser herederos del régimen anterior. La sociedad polaca haría bien en ver el tumulto ante la catedral como una señal de alarma. Las grietas en los cimientos de la transición se abren desde las últimas elecciones generales. Polonia no merece que lo que crearon sus mejores estadistas en un siglo, los Adam Michnik, Bronislaw Geremek, Tadeusz Mazowiecki o Alexandr Kwasniewski, lo destruyan unos tan mediocres como los responsables de tragedias pasadas.

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LOS NUEVOS SVEJK Y SUS CUITAS

Por HERMANN TERTSCH

El País  Martes, 19.12.06

COLUMNA

“El soldado Svejk”, figura surgida de un panfleto antivienés de gran literatura, ha sido un símbolo del siglo XX para toda actitud lo suficiente o excesivamente práctica como para ser considerada oportunista, pedestre y sin embargo simpática y aceptable en un juicio generoso -literario- que no mida consecuencias. Como los personajes de la picaresca, con gran genialidad narrativa, Svejk narra tragedias, derrotas y miserias, dolor y mucho absurdo. Él, sin embargo, es feliz. Busca y encuentra consuelo en la broma, la ironía y la generosidad y niega la realidad con la facilidad con que asume indolente, para sí y los demás, las consecuencias. Svejk es tan incapaz de matar por una idea como de morir por nada ni nadie. Propagador de la derrota propia y ajena, ni quiere ni puede defender ideas o gentes. Tenemos un nuevo Svejk.
Muchas alegrías nos granjea Jaume Vallcorba al frente de la editorial El Acantilado con su magnífica inmersión en la literatura de “Mitteleuropa” del último siglo y medio. Nos debía una edición bien traducida de esa obra tan inteligente, rápida, cervantinas y moderna que pronto estará aquí en las librerías: “Los destinos del buen soldado Svejk en la guerra mundial“. Fernando Valenzuela, sobrado sabio de las lenguas de Svejk y Sancho Panza -almas amigas por cierto- ha hecho esta traducción finalmente sosegada, tras las menesterosas trasatlánticas habidas, de una obra que, escrita por el checo vienófobo Hasek, acabó haciéndose universal en lengua alemana. Digería toda miseria imaginable con simpatía. Los principios le parecían lujos de ricos o intransigentes.
Muchos añoramos hoy el humor del soldado checo pero no sabemos emularlo. Es difícil asumirlo cuando las amenazas a nuestra forma de vida se multiplican dentro y fuera de nuestro ámbito político y cultural y el jefe del Gobierno de los españoles no parece dedicado sino a su discurso pseudoinfantil de una tal Alianza de Civilizaciones que no resistir ni el humor de Svejk ni el cinismo de los socios y comparsas apologetas del Holocausto que José Luis Rodríguez Zapatero no parece tener inconveniente en mantener en esta aventura. Parece haber renunciado definitivamente a una política internacional real en defensa de los intereses de España, la UE, la OTAN y a las sociedades libres. Como a Svejk, le gusta que una broma siga a otra y sólo tomar en serio sus propias solemnidades.
Muchos aquí aun no quieren ver que fuera -y no sólo en el PP, en EEUU, Alemania, Israel o Colombia- cunde la resignación ante esta obsesión de Zapatero de creer que engorda electorado y posteridad propia dando argumentos a los enemigos del Estado de Derecho, acá y fuera. Como Svejk nunca dejaba claro quien quería que venciera en la terrible guerra del catorce, Zapatero no ha dicho nunca que quiera que la ganen los chicos de Zarkawi pero tampoco que desea la victoria del Gobierno de Irak, los norteamericanos, británicos y otros países democráticos que luchan allí.
El ambiente creado por este espíritu Svejk dejó hace tiempo de ser una broma en España. Prueba es la entrevista que Juan Cruz le hizo el domingo a Santiago Carrillo nos ofrecía unas claves sobre la matanza de varios miles de españoles -sólo dos mil y pico militares sublevados, dice el implicado; unos miles más de civiles nos dicen otras fuentes- que fue el gran ensayo de las matanzas estalinistas que saltaron a la URSS y a Katyn. Las declaraciones de Carrillo son casi una autoinculpación. Con ese obsceno hastío que muestran a Svejk algunos ante la muerte del enemigo. No le habría pasado hace años cuando aún presumía de su papel en la transición y no de supuestas glorias antifascistas. Como se descuide Carrillo, un traspiés en la piscina jurídica de la “memoria histórica” en que chapotea Zapatero y puede verse, nonagenario, en un lío. No llore por la iglesia reaccionaria o la oposición parafascista y dé gracias a que la transición española fue como fue y nadie le pidiera cuentas por el aciago otoño del 1936. Ya que hace 30 años no se hablara de “justicia universal” ni se declarara al comunismo ideología asesina cuyos crímenes no prescriben como al nazismo. Svejk, en su sabiduría, recomendaría a Zapatero tomarse en serio las inquietudes de España. Y a Carrillo no tomarse en broma su pasado.

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ASIGNATURAS TURCAS

Por HERMANN TERTSCH

El País  Martes, 12.12.06

COLUMNA

El gran valor inicial del gesto de Ankara de anunciar la apertura de un puerto y un aeropuerto al tráfico con Chipre está ante todo en el reconocimiento de que las condiciones para el ingreso de un nuevo miembro en un club las pone la dirección del mismo, y no el aspirante a pisar moqueta. Y la bola negra, el veto, solo lo puede ejercer un miembro, y nunca el candidato a serlo. En este sentido, el paso dado por el Gobierno del primer ministro Recep Tayyip Erdogan es importante, aunque insuficiente y por tanto inútil si no le siguen otros. Pero mal harían los Veinticinco en escenificar ahora una gran gresca. Postergar dramas allende horizontes electorales, europeos y turco, como parece ser la intención del nuevo paquete de condiciones decidido ayer por los ministros de Exteriores de la UE, no es malo. Pero tampoco suficiente para desactivar lo que puede ser una grave crisis.
Es discutible que Chipre, como parvenu con su política unilateralista y antiturca, tenga crédito como miembro de la UE para condicionar la política de Bruselas respecto a un gran país y una inmensa opción política, económica y geoestratégica como son Turquía y su hipotético ingreso. Pero el mayor elemento de distorsión, y factor clave para el histerismo actual en las relaciones, está en la irrisoria percepción de que las negociaciones tienen visos de ser cortas y que si no se interrumpen pronto el ingreso turco amenaza cual inminente caída de la Espada de Damocles. Este malentendido perjudica a todos. Proyectos de esta magnitud pueden descarrilar y quedar como fracasos en la historia durante generaciones o de forma definitiva. Pero si nadie sensato debe exigir un calendario para el ingreso de Turquía en la próxima década, tampoco puede demandar un rechazo perpetuo.
Tras exponer las condiciones básicas a Turquía, lo que Europa debe hacer es dejar que los turcos asuman el esfuerzo de las asignaturas pendientes, con la esperanza de que las aprueben con la solidez e incluso brillantez con que lo hicieron con anteriores más difíciles si cabe, y que se tiende a olvidar. Bajo el recién enterrado Bülent Ecevit se dieron pasos antes inimaginables en Turquía -con un Ejército menos relajado que hoy- en derechos humanos, garantías jurídicas, libertad económica y de opinión. Si el islamismo en Turquía está crecido es también por la falta de apoyo que reciben las opciones radicales de libertad. No solo allí. Las manifestaciones habidas en Irán durante estos días en contra del fanático presidente islamista Ahmadineyad habrían tenido más apoyos si en Occidente se hubiera respaldado con decisión un llamamiento a acabar con el miedo y el régimen de terror y a favor de una opción plural, democrática y laica allí en vez de organizar fastos de confraternización con supuestas civilizaciones que no son sino fanatismo bárbaro clerical, como hicieron los jefes de Gobierno español y turco en Estambul hace semanas.
Esbozados los retos estratégicos, para nada insuperables a medio plazo, queda por hablar de esa asignatura pendiente turca, difícil para un pueblo que fue imperio: la historia. Ni del mejor embajador que hoy tiene este país de siglos de diplomacia virtuosa y excelsa, que es el escritor Orhan Pamuk, toleran los turcos la dura verdad del pasado. El reto de la modernidad exige honestidad en este gran salto hacia la mirada limpia. Muchos han fracasado. La tragedia rusa del retorno de la Lubianka bajo Vladimir Putin demuestra lo que se juega un pueblo si no reúne en la transición el coraje de enfrentarse a sus sombras. La mirada limpia hacia la propia historia dignifica y fortifica presente y futuro. La mentira y la revancha los emponzoñan. No solo en Turquía falta esa mirada limpia. Los que más celebran la muerte física -claman venganza post mortem- de un dictador asesino y ladrón como Augusto Pinochet, afortunadamente pasado para sus compatriotas desde hace tres lustros, comprenden, apoyan o toleran a un Fidel Castro que en años de dictadura asesina, ejecuciones, desapariciones y obcecación en el crimen ideológico ha superado con creces al chileno. ¡Cómo habrían sido las hagiografías de Castro, cuando muera, si hubiera convocado un referéndum para abandonar el poder 17 años después de conquistarlo a sangre y fuego! Escribía Félix de Azúa en estas páginas de Hitler y Stalin hace unos días. Se pueden recordar miles de fosas comunes, con millones de abuelos, bisabuelos y padres. Y hermanos e hijos en Srebrenica. Pero para Turquía, la asignatura es imponerse la mirada limpia para asumir que el millón y medio de muertos armenios son parte de su historia. Como los centenares de miles de turcos muertos en los Balcanes y Oriente Medio en la caída del imperio. Cuando Pamuk, Premio Nobel, consiga convencer al pueblo turco de que los asesinados en su nombre son tan dignos de ser recordados como los héroes propios, Turquía habrá dado un paso definitivo hacia la paz consigo misma. Puede que ésta sea la asignatura más importante.

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EL RETORNO DEL LARGO BRAZO DE LA CK

Por HERMANN TERTSCH

El País  Martes, 28.11.06

COLUMNA

Si en el año 2006 el jefe de un Estado inmenso y poderoso, miembro reconocido de la comunidad internacional, fundador de la ONU, siempre más temido que respetado, ha de negar públicamente haber ordenado el envenenamiento de algún conciudadano suyo, es que es ruso. Tiene viejos hábitos de juventud y cuando se descuida piensa en divertidas violaciones de mujeres indefensas como las que atribuía con jovialidad a otro jefe de Estado que las negaba vehementemente. Si además cree ante todo en la amenaza, desprecia la debilidad y las ansias de armonía de las democracias y considera que los adversarios políticos mejoran cuando están presos o muertos, es un viejo chekista, un gladiador más que ideológico, mecánico en la lógica de la imposición. Se llama Vladímir Putin.
Nadie duda de que el régimen comunista chino mata con mucha tranquilidad a sus disidentes internos ni que regímenes como el iraní, el sudanés, el guineano u otros liquidan si no sistemática si expeditivamente a quienes consideran un peligro para su seguridad, poder e intereses.
Pero el retorno a la actualidad mediática de la vieja organización de la sopa de letras que fue primero la célebre CK (checa) del aristócrata bolchevique polaco, Feliks Dshershinski (escudo y espada del partido) y las OGPU, NKVD, KGB hasta llegar a la FSB hoy, con sus métodos tradicionales parece finalmente haber disparado las alarmas hasta de aquellos que querían desesperadamente olvidarse de la catadura de Putín por el bien del negocio, las relaciones y el próximo gasoducto. Estaba claro que iba a ser un problema para las democracias el valorar hasta dónde y cuándo aguantar las malas formas -brutalidad soviética- del nuevo rico que es el régimen de Putin.
Con Chechenia se miró hacia otro lado durante mucho tiempo. Gazprom demandaba discreción ante la política de tierra quemada de Putin en el Cáucaso. Pero como suele suceder, surgió un vínculo que ataba las conciencias entre aquellos crímenes y estos nuevos tan cercanos y ya no anónimos y resultó estar formado por una pareja improbable formada por dos nombres que habrán de grabársenos en la memoria aunque vengan más detrás: Anna Politkósvskaya y Alexander Litvinenko. Ella debería haber huido hace tiempo a Occidente como tantos otros. Sabía que en Moscú la habrían de matar. Alexander ya estaba aquí. Y vinieron a matarlo. No habrá madriguera donde puedan esconderse los enemigos del pueblo, decían siempre Stalin y sus matarifes. Ahora es cuando los ingleses se enfadan. Cada vez más según constatan que el Kremlin ni siquiera se ha esforzado por ocultarse. “If it’s unpolite to get drunk before breakfast it’s even greater unpolitness to kill guests at friends houses”. Un anfitrión británico deseoso de quedar bien con el ruso -véase la Reina de Inglaterra- le puede tolerar la borrachera antes del desayuno. Pero no que se dedique a matar a otros invitados.
Asegura Putin que nada tiene que ver con la muerte del exmiembro del KGB, Alexander Litvinenko envenenado por el elemento radioactivo polonio 210. Hace 25 años en Sofía un apparatchik llamado Boian Traikov nos aseguraba que Bulgaria no tenía nada que ver con el intento de matar a Juan Pablo II. Está ya claro que, con buen criterio el KGB quiso matar a quién sería decisivo en acabar con la URSS. Pero la cultura de la CK ha vuelto. Hace días apareció muerto en Sofía Bozhidar Doyzev, jefe del archivo de los servicios búlgaros, que servían, como la Stasi, a Moscú para trabajos sucios. En el atentado al Papa anterior y en el envenenamiento del disidente Georgi Markov con una cápsula que le inyectaron con la punta de un paraguas. Fue también aquello en Londres.
Pero aunque los vínculos de la muerte de Doyzev con las amenazas turcas al nuevo Papa y a este envenenamiento en Londres son casuales lo que es una certeza es que el aviso a todo ruso demócrata y adversario interior o exterior del régimen de Putin sobre la larga, implacable y efectiva mano castigadora del chequista contra sus enemigos tiene de nuevo la vigencia que no tenía desde la más profunda guerra fría.

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