MIEDOS Y PROFANACIÓN

Por HERMANN TERTSCH

El País  Martes, 20.03.07

COLUMNA

Angela Merkel, la canciller de Alemania, ha ido a Polonia a contarles a las autoridades de Varsovia, encabezadas por los gemelos Lech y Jaroslaw Kaczynski, presidente y primer ministro de esa gran nación centroeuropea, que debieran abandonar una actitud de adolescentes embarcados en conflictos inútiles y cruzadas ridículas, nos crea disgustos a todos en la OTAN, en la UE, en las relaciones transfronterizas y en la proyección de Polonia en el mundo que desde los años ochenta hasta que ellos llegaron ha sido perfectamente inmaculada. Ha ido a decirles que no vivan de la revancha ni el miedo. Merkel tiene razón en intentar tranquilizar a uno de los gobiernos más miedosos y revanchistas de Europa. Dicen que tuvo éxito y los Kazcynski empiezan a comprender que no inventaron el mundo, que otros construyeron una magnífica Polonia democrática y que el hecho de que ellos todo lo ignoren no significa que nada exista. Pero todos los revanchistas e insuficientes viven ante todo el miedo.
Merkel es una personalidad sorprendente, lo ha demostrado, en su capacidad de transmitir mensajes no gratos y con limitación manifiesta de daños. Quienes la infravaloran lo pagan. En política interior y exterior. Lo hace mejor que sus compañeros de partido en la CDU y CSU, mejor que sus colegas de coalición del SPD y por supuesto que muchos de sus aliados europeos por no hablar de su gran aliado atlántico, Washington, que vuelve a lanzarse a una ofensiva de enredo con esta ocurrencia de su escudo antimisiles que tendría que haber presentado durante muchos meses bien en Europa para convencer a aliados tan quemados y recelosos de que valga la pena el empeño. No es que Polonia y Chequia no tengan razón porque motivos hay para crear paraguas antimisiles en diversas partes del mundo contra países con malas intenciones. Pero la insondable torpeza de Washington en buscarse un apaño económico con dos aliados ex miembros del Pacto de Varsovia para unas instalaciones militares sin hablar previamente con el resto de la OTAN y por deferencia con Rusia, no deja de generar problemas. The lame duck que es este presidente en sus dos últimos agónicos años resulta terrorífico cuando se embarca en soluciones imaginativas. Es algo así como la sinrazón compulsiva. “No le da la cabeza”. Y la terrible caricatura que comienza a cristalizar de los errores propios de Washington, de miserias, deslealtades y precauciones europeas además de las consabidas ofensivas de la mala fe sistemática que quienes gozan de nuestro sistema solo desde la vocación de destruirlo nos llevan a una sola consecuencia que es la acción y reacción por miedo. El escudo de misiles y la resistencia al mismo son miedo al miedo al miedo del miedo. La OTAN dice que no es cuestión suya, la Unión Europea niega saber nada, los Estados miembros dicen que decidan otros y Rusia se siente como una muy cómoda dama ofendida cuando en realidad debiera estar en el punto de mira de todas las críticas por sus sistemáticos abusos, estos últimos meses en aumento, en sus ventas y glorias del cambalaches nuclear y armamentístico con los peores enemigos de las sociedades libres.
Mucho vuelve a moverse exclusivamente por el miedo en las sociedades desarrolladas también, entre ideologías y entre países. El miedo retorna para beneficio de los peores. Los daños miden en tragedia individual o abismo cultural o metafísico e inabarcable. La topografía del terror debiera estarnos gravada con el mensaje sagrado de la renuncia a la venganza como la negación total a la impunidad y la injusticia. Pero de nuevo en horas estelares de profanadores, resulta melancólico recordar a Isaac Spielrein, revolucionario bajo ese Lenin que evocaba el candidato socialista por Madrid el sábado, fundador de la psicotécnica en la URSS que criticaba poco a su jefe Alexei Gastew, que quería hacer de todos los seres humanos con el plan de la Maschinisazija, la mecanización del obrero y ser humano, a base de miedo. Lo ejecutaron el 26 de diciembre de 1937. Por un error a la hora del cálculo del miedo. Merkel ha viajado a Polonia a quitar miedo. Se le agradece porque otros sólo se dedican a multiplicarlo.

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DJINDJIC, DAHRENDORF, TRISTEZA Y DIGNIDAD

Por HERMANN TERTSCH

El País  Martes, 13.03.07

COLUMNA

Lord Ralf Dahrendorf, el gran intelectual vivo que ha protagonizado la insólita transmutación de llevar válido equipaje germano reflexivo al laboratorio británico es probablemente el personaje más sabio que anda libre por el continente europeo. Realmente libre. Respetado hasta por sus peores enemigos y contándonos las cosas de forma ordenada sin hundirse en aspavientos ni pantanos de autocondescendencia y pretenciosidad posmoderna, Lord Dahrendorf nos da más clases de vida europea que todo el ejército tontuno, romo y harto de grotesca información de burocracia de sí mismos.
Llega ahora un libro de Dahrendorf en castellano, cuando se cumplen tres años de la tragedia madrileña del 11-M y cuatro años de un drama terrible de la Serbia contemporánea. Casi 200 muertos dejan a esta España rota y abierta por voluntad ignota y un muerto, un solo muerto bien elegido, como suele suceder en esta región inhóspita, rompe una trayectoria de liberación tan deseada por muchos serbios como insospechada para otros. Serbia merecía a un hombre como Zoran Djindjic porque más que casi ningún país merecía dejar de sufrir y encontrar algo de paz consigo misma y saber que lo había logrado por mérito propio. No pudo ser. Esa es la tragedia y el triunfo de todos los fantasmas.
La cara limpia de la Europa nueva no puede existir sin los Balcanes occidentales. Y Serbia es su corazón. Si Dahrendorf hubiera compartido vida en la Serbia de Milosevic, de Djindjic, de Stambolic y Draskovic, habría sido el primero en correr la triste suerte del desaparecido. Stambolic y Djindjic murieron porque, vagamente, pensaban del mundo como el lord pensador. Los asesinos y los amigos de Djindjic que evocaron ayer en Belgrado su figura saben bien quienes son los auténticos enemigos de la sociedad abierta. Son conscientes de que no son ni el Tribunal de La Haya ni quienes son inflexibles ante el terrorismo y el crimen. Son los fanáticos que se nutren del odio a la sociedad libre. Y los débiles que creen posible aplacarlos y buscar fórmulas de convivencia entre el crimen y la voluntad libre. Y quienes vuelven a preparar proyectos de experimentación social en contra del individuo que ya en el siglo pasado fueron causa del crimen generalizado.
Dahrendorf sabe hablar de Europa, de los Balcanes y de Serbia. Y deja claro en esta nueva obra que su gran objetivo es declarar de nuevo la historia abierta. Sin solución ni predeterminación. Trágica, misteriosa y amenazante. La historia renace, no concluye. Vuelve y plantea terribles interrogantes. Con más profundidad que tantos británicos frívolos y de moda que coquetean con los dramas del siglo XX como del XXI. Fitzroy Maclean, elegante demócrata, se sintió muy cómodo con el crimen comunista y titoista en Yugoslavia que consideraba compatible con las conveniencias de Europa occidental. Peter Kemp, otro gran guerrero británico, era enemigo de la dictadura nazi y comunista por igual y jamás se pensó libre sabiendo esclavos o víctimas a otros. Éste es el problema y la diferencia. Conocí a ambos. Ambos caballeros, pero Kemp no está de moda. Maclean siempre lo estuvo.
Hace un año murió Slobodan Milosevic, el mayor asesino en Europa desde la muerte de la generación posestalinista de criminales. Dahrendorf, Kolakowski, Bauman, Ignatieff, Sloterdijk. Son el pensamiento vivo que queda a la sociedad y al individuo para denunciar las trampas que tiene la vileza. Tienen mucho que ver con la triste muerte de un Djindjic que podría haber abierto las carnes a la sociedad muerta de Serbia. Guardará ésta mucho luto por el fracaso de lo que pudo ser la ruptura con su triste pasado. Hay axiomas que no entiende el adanista que cree inventar el mundo porque nada sabe. Berlin y Haffner, Popper y Hajek y aquí muy cerca ya en el tiempo nuestros compañeros de viaje Dahrendorf y Kolakowski, Havel y Michnik, saben cual era la apuesta de felicidad y libertad que han deseado tantas gentes muertas como Djindjic que quisieron libertad plena y verdad y nunca armonizar con la amenaza del crimen. Con dignidad.

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TUERTOS OBCECADOS

Por HERMANN TERTSCH

El País  Martes, 06.03.07

COLUMNA

El relativismo moral del izquierdismo europeo pretende hacer de Castro un estadista decente
Decíamos ayer…, y caemos en esa insufrible pero frecuente costumbre de tantos de citarse a sí mismos, con o sin pretexto de fray Luis de León. Decía el 24 de agosto de 1994, hace casi trece años, en un artículo titulado Los obcecados, que “en España siguen aún algunos empeñados en defender su último laboratorio social, su terrárium caribeño para experimentos con seres vivos”. Hablaba sobre el doloroso hecho de que en Cuba, el régimen de Fidel Castro, ese triste Ceausescu de las Antillas, se había convertido en trágica excepción, pura astracanada, cuando en Europa el comunismo caía al basurero de la historia bajo la ofensiva de una revolución democrática. El muro de Berlín era escombros y los tenebrosos aparatchiks, líderes del Pacto de Varsovia, cuya única legitimidad era el miedo, eran ya caterva liquidada, unos depuestos y otros muertos.
Lamentaba entonces que en el seno de las democracias camparan, sin ninguna vergüenza, los defensores de aquella ideología totalitaria redentora, la que más víctimas había generado en la historia, aún más que el totalitarismo único que siempre será el nazismo. Algo no funciona moralmente en quien ve en Joseph Mengele un monstruo y en Laurenti Beria un simple amigo de Santiago Carrillo. La experimentación social izquierdista nunca ha sido tan condenada como la nazi, por lo que siempre se corre el riesgo de que sea rehabilitada. Como en Cuba. Cuando los comunistas defienden la experimentación en Cuba, no sólo defienden a Castro; también exoneran a Mengele. Nunca derrotados en guerra, los comunistas acabaron viendo la caída del muro de Berlín como un accidente. Eso salvó al régimen de Castro. Y hundió a Cuba por tres lustros más. Eso y todo ese ejército de colaboracionistas con las dictaduras comunistas que nunca fueron juzgados por las democracias como aquellos que se vendieron al nazismo o al fascismo. Son legión desde hace décadas esos que perseguirían a Pinochet o a Stroessner, sus hijos o nietos, más allá de la tumba, pero jalean a Castro, un déspota que acumula crímenes cuyas víctimas multiplican en mucho a las caídas bajo las dos dictaduras mencionadas. Los antifascistas defensores del último gran fascista de la América Latina.
Ralph Giordano, escritor, guionista, intelectual judío alemán, víctima del nazismo, comunista emancipado de su ideología liberticida, gustaba llamar a los obcecados la “Internacional de los tuertos”. Se refería a quienes viven cómodos en democracias, pero jalean con impudicia méritos de regímenes comunistas como el de impedir la huida a sus súbditos, perseguir con pena de muerte a quienes desafían sus órdenes absurdas y, ante todo, cosechar miseria. Estos “tuertos obcecados” son los defensores a ultranza de sistemas que no soportarían para sí mismos, pero con los que colaboran y trafican visados y favores, coches, bonos y boletos, contactos, puros habanos y souvenirs. Forofos de la libertad parecen resignados a medrar de la necesidad, la humillación y la falta de libertad de los cubanos y sus hijas.
Entonces creíamos que la pesadilla acababa también en Cuba. No. Hay menos resignados y más irredentos. Con dinero venezolano, apoyo en La Paz, en Caracas, en Buenos Aires, Quito y Madrid, tienen un lema revitalizado: “El mal es Occidente”. El relativismo moral del izquierdismo europeo actual hace del criminal agonizante Castro un estadista decente; del fanático muerto Che Guevara, un mito, y de los etarras muy vivos Otegi y De Juana, “hombres de paz”. Si en su día Sajarov era un saboteador, hoy es el demócrata cubano Carlos Alberto Montaner un “terrorista”, y todos los que no digieren el mencionado relativismo, unos “fascistas con aguiluchos”. No es buen balance.

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LA CULPA Y EL LUTO

Por HERMANN TERTSCH

El País  Martes, 27.02.07

COLUMNA

Gentes tan variopintas como Vojislav Kostunica, Peter Handke, Vojislav Seselj, Vladímir Putin y Ratko Mladic pueden quizá felicitarse de la parte de la sentencia de la Corte Internacional de Justicia de La Haya que exonera a Belgrado de pagar reparaciones por genocidio a Bosnia-Herzegovina al no reconocer una responsabilidad directa de los organismos del Estado de lo que era la República Federativa Yugoslava en la matanza de Srebrenica en el verano de 1995. No deben sentirse solos. Todos los que desean que los Balcanes occidentales se conviertan en una región de paz y prosperidad están de acuerdo en que es absurdo pedir a Serbia unas indemnizaciones que no podría pagar y sólo alimentarían el victimismo del fracaso y del odio. Serían, a escala balcánica, tan absurdas y dramáticamente contraproducentes como lo fueron las demandas de reparación hechas a Alemania en Versalles. “¡Serbia culpable!”, “Serbien muss sterbien”, rezaba en siniestro juego de palabras el lema de movilización en las primeras semanas de 1914 después de que el 28 de junio un nacionalista serbio-bosnio llamado Gavrilo Princip matara al archiduque austro-húngaro Francisco-Ferdinando.
No era el caso y hoy mucho menos. Serbia no es culpable. Ni existe culpa colectiva de los serbios. Pero es un hecho innegable que los culpables actuaron en su nombre y las matanzas y torturas y violaciones y los campos de concentración y las quemas de cadáveres en los hornos de las fábricas bosnias se hicieron para mayor gloria de un régimen entonces triunfante y del que el nacionalismo serbio, incluso el que se dice democrático, no puede distanciarse. Es inútil pedir indemnización al insolvente pero no demandar explicación y la persecución y entrega de los criminales. Y Belgrado no ha cumplido. Pero la máxima prioridad en realidad, por el bien de Serbia, sería demandar una proclamación de voluntad de luto. Es un hecho de que el genocidio en Srebrenica y otras matanzas de civiles por paramilitares y el Ejército serbio-bosnio estaban organizadas, armadas y financiadas por Belgrado. Lo grave es que los serbios lo saben y lo niegan u olvidan. Que el CIJ no considere probada la cadena de mando no debiera ser obstáculo para que líderes serbios con honestidad reconocieran lo obvio e hicieran un llamamiento a la catarsis. Ha de basarse en un esfuerzo común por salir del proyecto falaz del nacionalismo y afrontar una reconstrucción individual y colectiva sobre la verdad del luto y la compasión que sólo son ciertos si se vuelcan sobre las víctimas asesinadas por el propio bando, sobre los sufrimientos y las bajas del enemigo. Llorar por los propios es gratis.
Ahora que Serbia se vuelve a dar pena y se ve víctima de una conspiración para arrebatarles Kosovo, sus autoridades, de tener la altura que les faltará, debieran aprovechar esta sentencia para explicar a su sociedad lo que le ha sucedido a la nación en los últimos veinte años. Y cuáles son las opciones para salir del aislamiento, de la pobreza y la depresión. No están desde luego en la resistencia numantina a realidades inevitables si no se está dispuesto a volver a una guerra sin esperanza. Aquella voluntad genocida consumada hace imposible la vuelta atrás. La sociedad serbia debe asumir que en su nombre miles de civiles europeos fueron acosados y concentrados, transportados en camiones como ganado hacia enormes fosas excavadas con maquinaria de construcción, fusilados y enterrados, en parte vivos. Todo ello bajo la mirada de satélites de última generación, a tiro de piedra de cuarteles de la ONU y no lejos de Viena y de Roma. Y cuando muchos líderes europeos aún hablaban de Milosevic como hombre de paz y de Mladic decente y fiable. Cierto, no hay naciones culpables. Pero sí hay ideologías y actitudes culpables. Y momentos estelares del crimen nutridos por radicalismos nacionalistas y la indolencia y vocación de apaciguamiento de las democracias lideradas por un pensamiento débil muy europeo. Los genocidios son posibles después de Auschwitz en Europa. En Srebrenica sucedió, confirma La Haya. Veremos lo que nos depara el futuro.

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DE LA REVANCHA

Por HERMANN TERTSCH

El País  Martes, 20.02.07

COLUMNA

Hay que considerar buena noticia el hecho de que la pasada semana no se produjera una declaración de guerra entre Italia y Croacia. No habrá combates en el Adriático, y la frontera común que Italia tuvo con Yugoslavia, duramente negociada hasta el tratado de Ósimo en 1975, hoy es mero límite interno de la UE entre italianos y eslovenos. Pero quienes siguieran el virulento intercambio de acusaciones entre Zagreb y Roma, tras la polémica entre sus jefes de Estado, convendrán en que el vocabulario recordaba al utilizado en prolegómenos bélicos de la primera mitad del siglo XX. Dos ex comunistas, los presidentes de Italia, Giorgio Napolitano, y de Croacia, Stipe Music, se vieron enfrentados en violenta reyerta verbal a causa del pasado común y generaron un espectacular incidente diplomático. De “racismo” y “revanchismo” se habló, de “furia sanguinaria”, de “expansionismo”, de “limpieza étnica”, de “barbarie” y “excesos nacionalistas”.
La cosa tendría gracia si no fuera síntoma de una de las peores miserias políticas europeas cuya creciente utilización debiera alarmar a todos. Y disuadir a tantos que juegan con la historia, la memoria y los sentimientos del pasado para su instrumentación en el presente y la imposición de ambiciones más o menos confesables en el futuro en su política interna o externa. Desde la agitación antialemana que utilizan los hermanos Lech y Jaroslaw Kaczynski para gobernar Polonia, a la liquidación de monumentos soviéticos en los países bálticos, cada vez son más los líderes europeos que recurren a inventar enemigos presentes o pasados internos o externos. Sólo recuerdan a los muertos que consideran propios, cuando el reconocimiento de las víctimas de los bandos ajenos es precondición para el entendimiento honesto del pasado.
Paradójicamente, el origen de este conflicto está en una intervención de buena fe y de valentía de Napolitano que ha hecho revisionismo en el mejor sentido, revisando sus prejuicios con mirada limpia hacia la historia. Gran gesto. Honró a los asesinados por su bando y en nombre de su ideología, como Willy Brandt honró en Varsovia a los liquidados en nombre de Alemania. Fue el 10 de febrero, en un acto en memoria de miles de víctimas en las regiones de Istria y Dalmacia al final de la guerra. Al recordar estas matanzas Napolitano rompía una larga “conspiración del silencio”, dijo, que los comunistas italianos impusieron en la posguerra. El silencio en torno a los crímenes del comunismo en Yugoslavia -y en todo el continente- se mantuvo décadas bajo la hegemonía cultural de la izquierda en Italia y Francia. Mientras allí se ha roto, en España, bajo nacionalismo y neoizquierdismo, se impone con gran potencial intimidatorio.
Según la lógica rota y denunciada ahora por Napolitano, quienes recordaran o denunciaran a las miles de víctimas de los partisanos en Istria y Dalmacia eran automáticamente acusados de “fascistas”. Como quien recordaba a las decenas de miles de alemanes asesinados y los millones de deportados tras la guerra eran “revisionistas nazis”, un recurso por cierto en el que coinciden los gemelos Kaczynski con los desaparecidos regímenes comunistas. También actúan así los adalides de la llamada “democracia avanzada” que se dicen de nuevas generaciones para reclamar como propios bandos y banderías de los abuelos que dividieron y enfrentaron a sus pueblos. Mesic cayó en la retórica nacionalcomunista y acusó a Napolitano poco menos que de veleidades fascistas. Ha recuperado el sentido común y se ha disculpado. No sólo sabe Music que el fascismo italiano en los Balcanes era la moderación uniformada comparada con el Estado croata ustasha. También debiera ser ya consciente de que la intervención de Napolitano fue un gran gesto de honestidad con el que el viejo comunista “revisó” su visión de la historia. Un gran gesto que tanto bien le haría a Europa si proliferara.

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PRISTINA, PANDORA, LA OTAN Y KABUL

Por HERMANN TERTSCH

El País  Sábado, 10.02.07

COLUMNA

La OTAN puede seguir aparentando cierta normalidad organizativa y de relaciones entre los Estados miembros. Es la organización militar internacional que desde hace casi seis décadas ha garantizado la seguridad de las democracias occidentales ante la amenaza del totalitarismo, ha expandido la sociedad libre hasta esquinas insospechadas del continente euroasiático y generado a lo largo de tres generaciones una voluntad de autodefensa del individuo libre y la democracia que no tiene ni precedente ni parangón en la historia. Pero desde que se hundió el enemigo, que era el totalitarismo comunista encarnado en su rival, el Pacto de Varsovia, la OTAN entró en una crisis de identidad de final incierto. Si las deserciones y deslealtades en coaliciones esporádicas son terribles para la credibilidad occidental, las que se producen en la Alianza son letales. En Sevilla, antes aún en Riga y hoy y mañana en Múnich, las democracias occidentales parecen no querer entender que en Kosovo, en Afganistán, en Irak, Irán y Corea del Norte, sus enemigos son los mismos.
En Afganistán, la OTAN está en guerra, aunque muchos miembros se lo oculten a su opinión pública. En primavera y tras dos años de crecientes reveses, los ejércitos occidentales han de invertir la suerte de la guerra o plantearse un escenario similar al de Irak. Requieren tropas y material que no llega. Que Alemania, Francia, Italia y España intenten ahora renegar de su compromiso, vuelve a plantearnos si olvidan, dada su fatídica historia en el siglo XX -rescatados por otros o destrozados entre sí-, que hay guerras necesarias que se pueden ganar por la libertad común. Solo los anglosajones parecen recordar que es posible. En Kosovo fue Bill Clinton el que rompió la parálisis del miedo y fracaso del núcleo europeo. Su sucesor George W. Bush no puede hacerlo tras la debacle iraquí. En Afganistán el desistimiento europeo causa entusiasmo, dispara la militancia talibán y el cultivo del opio. También en otros frentes se fortalecen los enemigos. Como en Kosovo.
El ministro de Defensa ruso, Serguéi Ivanov, se dijo alarmado en Sevilla y en referencia a la independencia de Kosovo habló de la “caja de Pandora”. La ocasión se brindaba para advertir que si Kosovo es independiente también lo serán “otros”. Hace 15 años, la URSS agonizante advertía, en patético paralelismo, de que la independencia de los países bálticos era un paso hacia la desmembración de España. No se intuía entonces que una insospechada deriva en España y desde la metrópoli iba a alimentar teoremas territoriales, étnicos y protohistóricos despreciados por todos menos los nacionalismos más fanáticos.
El plan de la ONU para Kosovo busca solución pacífica viable al irreversible hecho de que una larga guerra étnica comenzada en 1991 tendrá su final cuando concluya la disolución del artificio yugoslavo. Tras la tragedia provocada por Belgrado bajo Slobodan Milosevic, albaneses y serbios sólo podrán compartir instituciones en una Europa unida. Rusia lo sabe. Pero quiere buscar algo más. Su instrumento de presión total es la energía. Y necesita otros elementos que sean políticos. Su apelación a Pandora recuerda a aquella Unión Soviética que defendía la represión de la disidencia aludiendo a tribus indias confinadas en reservas durante la conquista del Oeste. A “libertad para Sajarov” se respondía con “peor le fue a Cochise”. Por confusiones morales y políticas graves que haya en Moscú, en Vitoria y en Madrid, hay que dejar claro que ni Yugoslavia fue jamás España, ni Kosovo el País Vasco, ni De Juana Chaos nunca Andrei Sajarov.

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LENGUAJES DISTINTOS

Por HERMANN TERTSCH

El País  Martes, 06.02.07

COLUMNA

El señor de la silla de ruedas habla más bien bajito y en su intervención insiste en que hay cosas que solo se dicen bien a media voz cuando se habla de cuestión tan peliaguda y que tantas irritaciones produce como son la inmigración y la integración del inmigrante. Alguien podría pensar que era el entorno el que impresionaba al orador, que no se atrevía a irritar al auditorio. Al fin y al cabo, nos hallábamos ayer en una villa junto al Wannsee, un bellísimo lago en los aledaños de Berlín cuyo nombre quedó cargado de oprobio en 1942, cuando, en la Wannseekonferenz, la cúpula nazi se reunió para acordar el comienzo de la Endlösung -la solución final- que supuso la puesta en marcha del programa de exterminio del pueblo judío.
Nada más lejos de la realidad. El marco era el mejor posible y la ocasión también: se abría junto al lago, espléndido paraje junto a la capital de la otra vez pujante Alemania democrática, en la magnífica sede de la Fundación Würth -coorganizadora con la Fundación Rafael del Pino-, la primera jornada del Foro Hispano Alemán, en el que políticos, empresarios, científicos y gentes de la cultura hablan de las relaciones entre los dos países, sobre problemas comunes y visiones diversas de afrontarlos. En pocas salas se concentra tanta tolerancia, buena fe, competencia y madurez democrática.
Y sin embargo, el hombre de la silla de ruedas, que no era otro que el ministro del Interior alemán, Wolfgang Schäuble, subrayaba que quizás algunas cosas se prefirieran decir a media voz, pero insistía a un tiempo en que tenían que ser claras. Hubo ayer claridad en algunas cosas y quizás la principal está en que el Gobierno de Berlín y el Gobierno de Madrid no hablan igual cuando sus principales responsables, ambos ayer presentes en Villa Würth, hablan de lo mismo. Schäuble anunció que su país, Alemania, la mayor potencia económica de Europa, en plena recuperación económica, de nuevo con un crecimiento del 2%, ha dejado de tener inmigración. Así de concluyente. Ni legal ni ilegal. Y, sin embargo, advirtió que los problemas de la integración son muy graves y suponen un auténtico riesgo para la salud democrática y la estabilidad de la sociedad.
El ministro de Trabajo y Asuntos Sociales de España, Jesús Caldera, demostró estar muchísimo más relajado al respecto. Con una inmigración que ha cuadruplicado su presencia en España en cuatro años, aseguró que las medidas de regularización masiva tomadas por su Gobierno, criticadas en su día severamente por Schäuble, fueron necesarias y adecuadas, pero no lo volverán a ser. Proclamó modélica la integración que se está produciendo en España y ejemplar el programa que con tal objetivo se aprobará próximamente en consejo de ministros.
El ministro del Interior alemán está acostumbrado a que se responda a sus advertencias contra la fractura social y los guetos con acusaciones de xenófobo o, últimamente, islamófobo. De facherío puro o lacayo de Huntington lo calificarían muchos en España, donde socialistas cultos han oído con estupor a compañeros de partido tachar de fascista hasta al sociólogo Giovanni Sartori, que advierte desde hace más de una década sobre el peligro de ignorar los problemas de la integración, especialmente de la inmigración musulmana.
A ésta se refería ayer el ministro alemán, a una parte de la misma que en su tercera generación genera muchas más amenazas a la convivencia pacífica que la primera. No se cansó tampoco de advertir que uno de los primeros deberes del Estado es garantizar una base común de derechos civiles a todos los inmigrantes, por lo que la labor de integración pasa por una ilustración que rompa el poder de los líderes religiosos de las comunidades y evite la creación de espacios a los que no lleguen las leyes nacionales.
Dijo Schäuble que era ilusorio pedir reciprocidad a los países islámicos, pero no el exigir a los que llegan que acaten los principios fundamentales de la civilización europea, que tienen una base cristiana. “Es un inmenso reto y urge. Porque existe una seria amenaza a la convivencia”. El ministro de la silla de ruedas debe de ser un miedoso porque Caldera, responsable directo de la gestión de una inmigración en España otra vez fuera de cálculos y estimaciones, no ve problemas en lontananza. Si acaso la mala fe de quienes quieren inventárselos, “como sucedió en Alcorcón”.

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