GRASS NARRA EL SIGLO A TRAVÉS DE CIEN CUENTOS

Por HERMANN TERTSCH
El País,  Berlín, 05.07.99

‘Mi siglo’ se publica esta semana en Alemania, con grandes expectativas de calidad y polémica

Vuelve Günther Grass. Cierto que nunca se ha ido, que nunca ha dejado de ser noticia, por regañar a sus compatriotas por la reunificación alemana, por descalificar al Estado alemán por su política de inmigración, por defender la intervención militar en Kosovo o incluso por sus libros, los últimos tan criticados en su país, pero tan imprescindibles para conocer la literatura alemana de este siglo, como aquel Tambor de hojalata que lo hizo famoso hace 40 años. Ahora, el reciente premio Príncipe de Asturias vuelve con Mi siglo. Se publica esta semana y promete ser otro gran acontecimiento editorial.
La nueva obra de Grass tiene todos los ingredientes para convertirse en un fenómeno político y cultural, según han advertido ya intelectuales como Peter Glotz. Esta semana sale a la venta en Alemania y Austria su última obra, Mi siglo, que previsiblemente estará en las librerías españolas, editada por Alfaguara, en otoño, cuando Günther Grass reciba en Oviedo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras como primer escritor de lengua no española. Mi siglo son cien textos, cada uno referido a un año de este terrible siglo que termina. Cien relatos, cien imágenes de cien años que trazan un bello, duro y reflexivo recorrido por la historia vista desde una perspectiva siempre distinta y particular.
Quienes han tenido la suerte de leer ya partes de este libro tienen la certeza de que ni los más feroces críticos vocacionales del Grass de las últimas dos décadas podrán evitar el gozo de la lectura de esta colección de viñetas que a través de situaciones inventadas, encuentros imposibles y anécdotas fabuladas explican poéticamente un pasado que a todos atañe.
Los relatos van tejiendo una red de acontecimientos ficticios, en gran parte marcadamente irrelevantes, que acaban formando un caleidoscopio lírico y ácido en el que se reflejan los grandes dramas, las evoluciones y revoluciones, las luchas, los sueños y las pesadillas del siglo XX.
Una cita de Ernst Jünger con Erich Maria Remarque en un hotel de Zúrich recuerda el terrorífico año 1916, en el que una generación de jóvenes europeos sucumbía en las trincheras de la gran guerra europea. El destituido kaiser Guillermo II se dedica en su exilio holandés a talar árboles y a reflexionar -por boca de un criado- sobre su destino. Un voluntario alemán habla de las ejecuciones durante la guerra de los Boers; una madre, sobre la radicalización política de su hijo con la llegada al poder de Hitler; un niño obrero rememora los discursos de Karl Liebknecht.
Las historias son todas verosímiles, la prosa escueta, las frases tersas y los localismos logrados, el vocabulario de los cien narradores ajustado a sus identidades: ese gran ejercicio de Grass de asumir cien identidades distintas supone una nueva demostración de su virtuosismo literario.

Giro estilístico
El libro supone además un gran giro estilístico, después de sus últimas largas novelas que tanta agria polémica le causaron con la crítica alemana y no pocos de sus lectores. Pero que no deduzca nadie por ello que Grass ha cambiado en nada lo esencial de su pensamiento. Todas las imágenes son reflejo de su mente implacablemente crítica, muchas veces hasta la injusticia, de su carácter irascible en ocasiones y muy ajeno a la ironía, pero ante todo profundamente libre. El pesimismo que Günther Grass se atribuye es, en su mayor parte, producto de las experiencias de este siglo tremendo que describe ahora, y por eso no es de extrañar que una gran mayoría de los relatos dejen en el lector un sabor amargo. Pero también es cierto que, como él mismo ha dicho ahora en la presentación del libro en el semanario Die Zeit, Grass es “un pesimista con alegría de vivir”. Y con un profundo amor al ser humano, al que regaña continuamente.

Con sus 12 nietos puede aplicar ya la experiencia que ha acumulado haciendo de abuelo gruñón y tierno del ser humano en general y del alemán en particular. Igual que los abuelos, de vez en cuando Grass aparece con un regalo bajo el brazo. Su nuevo libro es sin duda un magnífico presente.
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HETERODOXIAS ALEMANAS

Por HERMANN TERTSCH
El País  Sábado, 03.07.99

TRIBUNA

La bochornosa presentación del comisario alemán Martin Bangemann como asesor de Telefónica es, por supuesto, un flaquísimo favor a la credibilidad de la Comisión y una nueva prueba de que este antiguo dirigente del Partido Liberal alemán tiene un concepto muy poco prusiano de la ética del servicio público. Cualquier funcionario alemán de la vieja escuela se habría poco menos que cortado las venas ante la mera sospecha de haber cometido lo que Bangemann ha confirmado, orgulloso y ufano, haber hecho. Y por supuesto ello habría supuesto la muerte civil del involucrado. Ya no. El escaso rigor, la improvisación y, en ocasiones como la citada, la pura falta de vergüenza son ya también parte de la cultura política de la Alemania moderna. Ni más ni menos que en otros países europeos. También en este sentido los alemanes han cambiado y se alejan cada vez más de aquel cliché tradicional que los caricaturizaba a ojos de amigos y enemigos. También en esto se ha normalizado este país. Pero no sólo eso ha cambiado en Alemania. Afortunadamente.
El jueves, el Bundestag alemán se despidió definitivamente de Bonn, la aldea junto al Rin que durante medio siglo ha sido su capital. Tras las vacaciones estivales, la mayor potencia europea será gobernada ya desde Berlín. No sólo el escenario urbano será distinto. Tienen razón quienes dicen que existe una continuidad institucional y política entre la República de Bonn y la de Berlín y que la segunda no es sino la consecuencia del éxito de la primera. Pero no menos cierto es que mucho será muy distinto, porque ya había cambiado en estos años de transición desde la consecución de la unidad alemana y porque seguirá cambiando con mayor contundencia si cabe. Alemania seguirá su camino hacia la heterodoxia de la mano de esos dos heterodoxos que son Schröder y su ministro de exteriores, Joschka Fischer.
El poder llega a Berlín consciente de que el sistema social de economía de mercado, piedra angular de toda la política de la Alemania democrática de la posguerra, ha tocado techo y sólo puede salvar a largo plazo sus principales rasgos si cambia profundamente. No se trata de una conclusión nueva. Lo realmente nuevo es que, desde la llegada al poder del Gobierno de socialdemócratas y verdes existe un amplio consenso sobre tal necesidad y la urgencia de la misma. Los dos partidos hoy en el Gobierno no habían aceptado esta evidencia hasta que abandonaron la oposición. En este sentido, el final de la era del canciller Helmut Kohl era doblemente necesaria. Por un lado ponía fin a una coalición de democristianos y liberales, bajo la inmensa figura del ya histórico canciller, que había agotado claramente su ciclo y posibilidades. Por otra parte obligaba a socialdemócratas y verdes a ejercer en responsabilidad un poder que les exigía las reformas. La actual oposición no podrá sino apoyar en el fondo, por mucho que critique la forma, de estos cambios. Alemania arrastra un déficit de reformas que la han convertido en uno de los sistemas administrativos, fiscales y legales más anquilosados del continente. El paquete de reformas aprobado hace diez días es otro ejercicio contra la ortodoxia alemana. Rompe con la desesperante parálisis de décadas.

Schröder comenzó su mandato con más errores que aciertos y una descoordinación en su gabinete que causó alarma por doquier. Pero desde entonces mucho de lo sucedido ha hecho casi olvidar aquellos sobresaltos. La despedida de Bonn coincide con la clausura de un semestre de presidencia alemana de la UE que pasará a la historia como uno de los más intensos y probablemente decisivos de la construcción europea. También a la presidencia se puede aplicar el juicio que merece la legislatura, un comienzo dubitativo y un balance general inesperadamente positivo. La desaparición política de Oskar Lafontaine es, sin duda, una de las claves del comienzo de una fase de mayor coherencia. La prolongación de la pugna interna del liderazgo bicéfalo podía haber acabado con este Gobierno antes de conseguir ninguno de sus proyectos. También la guerra de Kosovo y la propia Agencia 2000 eran amenazas para el Gobierno Schröder como quizás para ningún otro en Europa. Y logró conjurarlas abandonando posturas maximalistas en la Agenda. Pieza capital en este éxito que tantos ponían en duda ha sido Joschka Fischer. Su tenacidad y valentía ante las reformas y la guerra han sido determinantes. Y afortunadamente Fischer representa mejor a la nueva Alemania que la patética figura de Bangemann.
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NUEVA ASIGNATURA PARA BELGRADO

Por HERMANN TERTSCH
El País  Sábado, 26.06.99

TRIBUNA

La visita a Pristina del secretario general de la OTAN, Javier Solana, se convirtió el pasado jueves en un masivo acto de homenaje de la población kosovar a este hombre que tanta responsabilidad ha tenido que soportar durante los últimos meses y, visto desde España, en un acto de desagravio por las muchas mezquindades, cicaterías políticas e insolidaridades personales que ha sufrido en su propio país, Gobierno y compañeros de partido incluidos. Su presencia en las calles de la capital de Kosovo y su reunión con dirigentes de todas las fuerzas políticas y sociales, desde los líderes del Ejército de Liberación de Kosovo (ELK) hasta los obispos ortodoxos serbios, son una prueba del éxito del despliegue de la OTAN. Las represalias que se están produciendo, con algunos asesinatos y la quema de casas serbias, son una expresión mínima de violencia tras la orgía de sangre y fuego practicada por las fuerzas serbias. Ahora es imprescindible avanzar rápidamente en el establecimiento de una administración civil. En Serbia, sin embargo, la asignatura pendiente es otra, y no podrá ser impuesta, aunque sí facilitada desde fuera. El derrocamiento de Slobodan Milosevic sólo es parte de la misma. Tiene razón Vetton Surroi, muy probablemente el líder más prometedor del nuevo Kosovo, cuando, en una entrevista en este periódico, dice que, aunque no puede haber castigo colectivo, “sí hay una responsabilidad colectiva” y que “el fascismo sólo existe si tiene una base social”. “Los serbios tienen que mirarse al espejo” y enfrentarse a la llamada “cuestión serbia”. Porque es un hecho que estos diez años de nacionalismo institucional, adoración del mito pseudohistórico y el odio a todo lo no serbio han tenido efectos perversos sobre amplias capas de la sociedad serbia. El victimismo propio del nacionalismo ha llevado a la sociedad serbia a ser prácticamente inmune a cualquier sentimiento de culpa o de compasión hacia las víctimas asesinadas en su nombre.
Así, la mayoría de los serbios perfectamente decentes e incapaces de infligir mal a nadie han permanecido indiferentes a las tragedias que Milosevic ha desencadenado contra los pueblos vecinos. El único dolor que parece haber existido para ellos es el que, como resultado de las aventuras criminales de su régimen, ha acabado alcanzándolos. Salvo algunos minúsculos grupos como las Mujeres de Negro contra la Guerra, nadie, ni en la oposición ni en la Iglesia, ha levantado durante todos estos años su voz para condenar los crímenes de sus tropas y bandas armadas contra los pueblos vecinos.
Por eso los cambios en Serbia han de ir mucho más allá de la caída de la camarilla mafiosa que Milosevic ha elevado a la cúpula del Estado. Al igual que en el proceso de desnazificación de la población alemana tras 1945, los serbios, y especialmente las nuevas generaciones, habrán de verse forzados a enfrentarse a los hechos cometidos en nombre de su pueblo. Será un proceso largo al que se resistirán los muchísimos individuos implicados en los crímenes y los muchos más que comprendieron y toleraron o se beneficiaron de los mismos. Habrá que sustituir los libros que describen un mundo absurdo de la hegemonía de la sangre por otros que expliquen la historia, incluidos estos trágicos capítulos aún por concluir. Habrán de surgir nuevos líderes que crean y defiendan la sociedad abierta y sustituyan a los actuales, en el Gobierno y en la oposición, surgidos de la tradición oscurantista, nacionalista y oportunista de los aparatos comunistas balcánicos.

Será difícil, pero no es imposible. Países vecinos con más dificultades iniciales y menos sociedad formada e ilustrada como Rumanía o Bulgaria, o la propia Macedonia, lo han logrado. Para ello será imprescindible que Serbia vuelva a ser un país en el que merece la pena vivir para los centenares de miles de jóvenes académicos y estudiantes, de todos esos serbios educados y capaces que han huido en los últimos diez años del reino de la selección negativa impuesto por Milosevic. Lo primero es saber a Milosevic y a su banda ante el Tribunal Internacional o en una cárcel serbia. Después comienza la larga marcha hacia una Serbia libre, integrada, hacia una sociedad que se vea a sí misma como una más, en plena igualdad y reconciliada con su historia y sus vecinos.
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HACIA UNA SOLUCIÓN BALCÁNICA GLOBAL

Por HERMANN TERTSCH
El País  Jueves, 17.06.99

TRIBUNA

La retirada de las tropas serbias se produce sin mayores contratiempos por el momento, y el despliegue de las fuerzas de la OTAN no se está topando con mayores dificultades que algún incidente aislado. Rusia llegará a un acuerdo con la Alianza para resolver la situación creada por la rocambolesca entrada de un pequeño grupo de soldados rusos en el aeropuerto de Pristina. Nadie quiere ignorar el amor propio de Moscú, negarle un consuelo ni recursos para desactivar la propaganda de los enemigos de la democracia en Rusia. Pero todos están de acuerdo en que una zona de control exclusivo ruso llevaría a la división de Kosovo. Los Balcanes, en tal caso, volverían a arder en Kosovo, Bosnia, Macedonia o Montenegro. Y todo parece indicar que europeos, americanos y rusos tienen la firme decisión de que esta guerra sea la última en la región. Están de acuerdo en que no se puede permitir allí otro conflicto armado. Los costes son excesivos y el riesgo inasumible. La construcción de la paz y la estabilidad en los Balcanes ha entrado ya en una nueva fase. La inevitable y muy comprensible huida de los serbios de Kosovo por miedo a represalias es una tragedia más por la que Slobodan Milosevic deberá responder.
La Iglesia ortodoxa, por desgracia tanto tiempo callada ante las atrocidades cometidas en nombre del pueblo serbio, se ha pronunciado ya contra Milosevic. Muy tarde, desde luego. Pero es un primer paso en el camino de la sociedad serbia para integrarse de nuevo en la comunidad internacional. En las próximas semanas y meses serán previsiblemente muchos más los pasos que se den en este sentido. Los funcionarios del aparato político, policial y mafioso de Belgrado comenzarán muy pronto a dudar si les compensa la defensa a ultranza de Milosevic y sus cómplices. Comienzan tiempos duros para los beneficiarios del aparato de extorsión, robo, pillaje e intoxicación que Milosevic ha alimentado durante estos 12 últimos años. Las turbulencias políticas van a ser violentas en Belgrado. Quizá sangrientas. Pero su único final posible es la desaparición del líder supremo y su camarilla.
Cuando esto suceda, la comunidad occidental tiene que tener ya bien definido el nuevo orden balcánico que, paradójicamente, vendrá a parecerse mucho al de la confederación balcánica que el líder comunista búlgaro Georgi Dimitrov propuso en su día a Stalin para neutralizar los conflictos étnicos en la región. La caída de Milosevic es la condición pendiente para poner en marcha un amplio plan para crear un espacio común, comercial primero, político después. Las fronteras que los pueblos yugoslavos erigieron para defenderse de Milosevic perderán vigencia cuando su amenaza desaparezca. Los países vecinos saben de los beneficios de esa apertura regional que les facilita el acceso a Europa occidental.
El primer paso en este proyecto es la imposición de un protectorado internacional en Kosovo, ya en marcha. Pero también Albania quedará en la práctica bajo control y protección internacional. Y, en buena medida, Macedonia. Ambos Estados necesitan una ayuda masiva que no van a poder administrar por sí mismos. Orden público, lucha contra las mafias y relanzamiento económico serán, en gran medida, responsabilidad de la Unión Europea y Estados Unidos.

Europa debe ser consciente de que si no asume el liderazgo en la construcción de esa base de bienestar y esperanza, no debiera llorar después si el sur de los Balcanes se convierte en una base permanente de Estados Unidos. El desmantelamiento paulatino de las fronteras en los Balcanes es la única forma de evitar que vuelvan a ser motivo de enfrentamiento. Costará mucho dinero y la permanente presencia occidental en la región durante generaciones, militar, policial, administrativa y económica. Pero que nadie dude de que toda alternativa es más cara.
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LA CAPITULACIÓN

Por HERMANN TERTSCH
El País  Sábado, 05.06.99

TRIBUNA

Con escuchar el jueves en las diferentes emisoras de radio en España a un ejército de avisados contertulios valorando, por supuesto antes de conocerlos, los términos del acuerdo de paz impuesto a Slobodan Milosevic por la comunidad internacional, se podía uno explicar muy bien por qué este país ha tenido una de las opiniones públicas peor informadas, más histéricas y sectarias del mundo occidental durante una crisis que, afortunadamente, parece entrar en su recta final. Desde la derecha montaraz a la izquierda paleocomunista, estaban todos de acuerdo en que la OTAN ha fracasado, en que Milosevic ha “negociado” con éxito y la culpa de todo lo sucedido, cómo no, la tiene ese foco intrínseco de perversidad que es Washington. Hay días en que, realmente, nadie nos gana a simplezas. Unos por supina ignorancia y otros por simular desesperadamente cierta coherencia con la retahíla de afirmaciones gratuitas y augurios incumplidos que han formulado desde el 24 de marzo. Lamentablemente para ellos y para Milosevic, hay un hecho perfectamente claro, y es que el sátrapa balcánico ha capitulado ante la OTAN y de forma incondicional. Y que esta rendición que le impone unas condiciones mucho más severas que las que despreció en Rambouillet se la han hecho firmar un enviado de la UE, Martti Ahtisaari, y uno de Rusia, Víktor Chernomirdin, que apoyaban todos y cada uno de los puntos que la integran y que son casi textualmente las de la Alianza. Milosevic se ha tenido que tragar sus palabras y tendrá que pagar, más pronto que tarde, por sus actos. Hasta tal punto sabe el régimen de Belgrado el auténtico alcance del acuerdo de paz que no se ha atrevido aún a hacerlo público ante la sociedad serbia que le pasará factura por la tragedia de que es responsable.
Por supuesto que Milosevic y su aparato político, mafioso y militar van a intentar manipular una vez más los términos de esta capitulación. Pero su margen de actuación es ya mínimo. Y el duro invierno al que se enfrentan los serbios por obra y gracia de su líder anuncia convulsiones políticas y sociales cuya consecuencia previsible es el final del régimen de Slobo, la peor tragedia sufrida por la nación serbia desde su derrota ante el Ejército otomano hace más de seis siglos.
Los contactos para establecer los pasos de la retirada total de las fuerzas serbias de Kosovo han comenzado ya. Habrá que establecer otros para el regreso de los refugiados. Queda mucho que definir y sin duda habrá una y otra vez reveses y dificultades. No hay motivos para la euforia y sí para la máxima concentración y coordinación del ingente esfuerzo para que las principales víctimas de este conflicto, los albaneses kosovares, puedan volver a sus lugares de origen y construir un futuro en el que se sientan seguros ante cualquier hipotética amenaza del norte.
Pero el marco general está definido y no tiene vuelta atrás. Y supone -qué le vamos a hacer, queridos tertulianos- un éxito rotundo de la OTAN y de la comunidad internacional, pero también de todos aquellos dirigentes que en los momentos más difíciles han mantenido la cabeza clara y presentes los principios en que se basan las sociedades libres. Los que se alegraron de los problemas causados por accidentes en la intervención de la Alianza y se apresuraron a equipararlos con los crímenes sistemáticos del régimen de Milosevic tienen un motivo más para su indignación. Lejos de dividirse, la OTAN se ha mantenido unida y ha conseguido el apoyo de Rusia para poner fin a un genocidio y hacer reversible la repugnante política del racismo nacionalcomunista de Belgrado. Y Kosovo nunca volverá a depender del capricho de Belgrado. Cuando concluya el protectorado que habrá de instaurarse en la hasta ahora provincia serbia, este territorio puede ser una nueva república yugoslava dentro de Yugoslavia, como la propia Serbia o Montenegro. El futuro dirá.

Ahora comienza una nueva etapa. Concluya ésta cuando sea, en tres meses, seis o diez: es muy improbable que Milosevic pueda sobrevivirla. Políticamente al menos. Es posible que una condena de por vida en La Haya sea la única alternativa que acabe quedándole para evitar compartir la suerte de Ceausescu. Con la capitulación de Milosevic se abre una magnífica posibilidad de regeneración democrática en todos los Balcanes y más allá de la región. Y debería recordarse siempre como una lección de que el coste de no hacer frente al crimen aumenta sin cesar con el paso del tiempo. Las democracias han estado, al final, pese a sus titubeos, a la altura. La sociedad serbia lo estará cuando examine el fracaso de su aventura, castigue a los culpables y depure sus estructuras. Estamos en el principio de una difícil empresa. Pero estamos también presenciando la agonía de la perversión política europea más grave desde la caída de Berlín en 1945.
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UNA CONCIENCIA ALEMANA

Por HERMANN TERTSCH
El País  Jueves, 03.06.99

DÍAS DE FIESTA PARA LA LITERATURA

Las ruinas y la deportación en la posguerra, el muro de Berlín, Willy Brandt arrodillado en el gueto de Varsovia o el canciller Helmut Kohl son las imágenes que mejor simbolizan la Alemania de la segunda mitad de este siglo. Otra, tan imprescindible, es la de este hombre grande fumando en pipa y hablando siempre sin miedo. Es Günter Grass. Ha escrito miles de páginas en un alemán tan bonito como directo desde que irrumpió en la literatura alemana en 1959 con una obra posiblemente no superada, aquel Tambor de hojalata, el reflejo del alma del niño Oskar Mazerath. Grass ha escrito siempre sobre Alemania. Como tantos grandes de las letras y el pensamiento germano, vive dolido el drama nacional de la obsesión por el bien y la lamentación del mal. Desde que murió su amigo Heinrich Böll, Grass es la conciencia, a veces iracunda, de una nación que cada vez hace menos caso a las llamadas a la reflexión. Es un héroe anacrónico que recuerda a estos tiempos tontilocos los compromisos de la literatura con la historia y con la vida.
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CUESTIÓN SEMÁNTICA

Por HERMANN TERTSCH
El País  Jueves, 27.05.99

TRIBUNA

La histeria de las pasadas semanas parece, al menos de momento, superada en la OTAN. Aunque siga prevaleciendo en la opinión pública de algunos países, entre ellos el nuestro, agitada como está por los éxitos propagandísticos del régimen de Milosevic que tan obsequiosamente difunden los medios de comunicación invitados especiales en Belgrado. Atrás parece quedar por fin la competencia entre algunos líderes occidentales por sacarse de la mano la propuesta más compasiva con el régimen serbio. A estas alturas de la tragedia, los llamamientos a la suspensión de los bombardeos para que Milosevic pueda “meditar” o “mostrar su buena fe” sólo pueden explicarse como iniciativas populistas y oportunistas o demostración palmaria de incapacidad de entendimiento. Toda suspensión de los ataques sería un regalo a Milosevic, que presentaría esta medida como un triunfo y la utilizaría, además, para reagrupar sus fuerzas en Kosovo, cada vez más aisladas, desarboladas y desmoralizadas. Es decir, sería la perfecta iniciativa para prolongar la guerra y el drama. Después de semanas de titubeos parece, por tanto, de nuevo instaurada la certeza de que los bombardeos continuarán hasta que Milosevic acepte todas las condiciones, y especialmente la retirada de sus tropas y bandas paramilitares y el retorno de todos los refugiados bajo la protección de una fuerza internacional liderada por la Alianza Atlántica. Por desgracia, no todos los crímenes cometidos por el régimen de Belgrado son reparables. De los que no lo son -muertes, torturas, violaciones- habrá de ocuparse el Tribunal Internacional. Pero aquellos que lo son, como la deportación de casi un millón de seres humanos, han de repararse por la fuerza, y la comunidad internacional es consciente de que debe comenzar a hacerlo antes de que llegue el duro invierno balcánico. El regreso de los kosovares a sus hogares debe comenzar antes de las primeras nieves, aunque también allí se vean obligados inicialmente a vivir en tiendas de campaña.
De ahí la intensificación de los bombardeos y la proliferación de nuevos objetivos. De ahí el anuncio de la casi triplicación de fuerzas terrestres a desplegarse en Albania y Macedonia que acaba de ser anunciada. Y de ahí también la evacuación de los refugiados de las zonas más cercanas y expuestas a lo largo de la frontera con Kosovo. Las diferencias manifiestas entre diversos aliados sobre la posibilidad o necesidad de una intervención terrestre van lentamente convirtiéndose en una mera cuestión semántica. Porque si Milosevic no se aviene en las próximas semanas a la entrada de estas tropas internacionales en Kosovo, muy pronto puede que tenga que tolerarla sin capacidad de resistencia alguna sobre el terreno. La intervención terrestre se produciría así sin aprobación explícita de Belgrado pero en un entorno “libre de hostilidades” por la impotencia de las fuerzas serbias a combatir en Kosovo más allá de alguna escaramuza.
Porque la división interna de la OTAN y la unidad incondicional de los serbios en la defensa de Kosovo, que tanto auguraban los adversarios de la intervención, han demostrado ser hipótesis falsas ambas. En Serbia ya sólo hablan de lucha hasta el final los voceros del régimen y los criminales de guerra como Arkan, precisamente aquellos que a lo largo de los 10 años de conflicto en los Balcanes han demostrado ser mucho más duchos en matar mujeres, ancianos y niños que en combatir contra un ejército medianamente serio.

Por supuesto que siempre será mejor que Milosevic acate las condiciones, convencido por Víktor Chernomirdin o cualquier otro mediador. Ahorraría en todo caso vidas y la prolongación del sufrimiento de todos. Pero cada vez es menos necesario. La población serbia puede seguir cabalgando sobre el nacionalismo. Pero no quiere morir por Kosovo. Y menos por Milosevic. Éste lo sabe. Cada día que pasa son más los serbios que quieren que sea él quien pague por la desgracia en que los ha sumido. Milosevic aún puede ceder algo. Pero pronto sólo le quedará capitular. Se le acaba el tiempo.
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