LAS COSAS QUE HAN CAMBIADO EN SERBIA

Por HERMANN TERTSCH
El País,  Belgrado, 19.11.2000

REPORTAJE

Belgrado ha sido durante más de diez años la gran capital de la mentira y el odio. Kostunica parece apostar por el cambio

Un periodista de EL PAÍS, señalado en el pasado por la propaganda del régimen de Milosevic como un “enemigo del pueblo serbio” y vetado durante años para entrar en Yugoslavia, ha regresado ahora favorecido por los nuevos vientos de democracia. Éste es su testimonio sobre los cambios encontrados.

Hacía un día espléndido. El avión de Swissair procedente de Zurich había dejado a la derecha el grandioso espectáculo de los Alpes, ya con sus nieves frescas y aun ajenos a la inminente tragedia del funicular de Kaprun. Había sobrevolado los montes bajos de Eslovenia y el extremo meridional de la plataforma panónica con sus bosques radiantes en colores otoñales y sus campos de cultivo, ondulados, con sus juegos de colores marcados por tiralíneas, a la espera del largo sueño del invierno. Estaba aterrizando en Belgrado, la capital de un país en el que este viajero no había podido poner pie desde hace más de cinco años. Lo habían declarado enemigo del pueblo serbio. No lo era del pueblo, pero daba igual. Había atacado al jefe de la tribu y a aquéllos que lo apoyaban, que en su día fueron muchos, una mayoría sin duda. Belgrado ha sido durante más de diez años la gran capital de la mentira y el odio. Finalmente, las cosas han cambiado. Tarde para muchos, pero a tiempo para que la suma de individuos que han sobrevivido y componen este pueblo tengan oportunidad de labrarse un futuro digno.
La intoxicación ha sido durante todo este largo tiempo un arma tan necesaria para la gran aventura criminal de Slobodan Milosevic, como las balas que mataron a los pacientes del hospital de Vukovar, las bombas caídas sobre Sarajevo, los cuchillos que degollaban a civiles en el valle del Drina o los subfusiles Skorpion que lanzaban a las fosas comunes a los albaneses de Kosovo. El gran caudillo de la nación ha organizado matanzas de todos los pueblos vecinos pero también, desde un principio, sin mayor escrúpulo, ha matado a hijos del suyo. En guerras, en crímenes mafiosos, en la dinamitación del sistema de salud, en el desmoronamiento de la calidad y esperanza de vida.
Pero el origen de todo el horror acaecido está en la palabra. Slobo la ha dominado muy bien desde 1987 en Serbia. Y para que su palabra mandara había que acabar con las otras. Por eso muchos periodistas han sido asesinados, intimidados, perseguidos, comprados o vetados. Todo parece ya parte del pasado. Todo, menos, por supuesto, las responsabilidades por estos crímenes contra otros y contra los suyos. El veto a la palabra ha caído. Las cosas han cambiado en Serbia.
“Dobro dosli” (“Bienvenido”) reza un gran cartel en la rampa que lleva a la sala de recogida de equipajes. Ya estaba allí cuando muy pocos periodistas eran, no ya no bienvenidos, sino expulsados de inmediato en los aviones en que habían llegado. La policía fronteriza inspecciona brevemente el pasaporte español con un visado de la Embajada yugoslava de Madrid, otorgado días antes en un insólito alarde de diligencia de los mismos que durante años han sido fieles y celosos funcionarios del inmenso aparato de la mentira en la calle Doctor Arce de Madrid. Recuerdan a aquella imborrable imagen del jefe de la Securitate de Ceaucescu en Madrid, Muraru, anunciando solemnemente a la televisión española en la calle Alfonso XIII en vísperas de Navidad en 1989, que había liberado la Embajada de las órdenes de la dictadura. El dictador rumano había caído dos días antes. Son los criptorresistentes.
Demócratas profundamente clandestinos cuando serlo supone una desventaja. Genios de la ocultación que surgen cuando conviene. Como el inolvidable Peszek, aquel jefe de la STB, policía política del régimen comunista checoslovaco, saludando en el flamante palacio Czernin de Praga al periodista al que hasta días antes negaba visados en Viena por sus actividades de “anticomunista” y “agente contrarrevolucionario”. Peszek se declaró aquel día entusiasmado por la “victoria de las libertades” al toparse con el “vil agente de la CIA” en la primera conferencia de prensa después de la revolución de terciopelo del primer ministro de Asuntos Exteriores de la nueva democracia checoslovaca, Jiri Dienstbier.
El ministro había pasado 20 años como carbonero en una central térmica en represalia de los jefes de Peszek por su papel como periodista reformista en la Primavera de Praga en 1968. Nada más caer el régimen, Peszek se convenció de que a su nuevo ministro se le había tratado injustamente. Y de que era un buen hombre.
Aeropuerto de Belgrado. Otoño del 2000. El policía teclea rápidamente algo en su ordenador, mira durante un largo minuto o dos la pantalla, y deja pasar al visitante. Los oficiales de aduanas lo miran, sonríen y le dejan pasar. No les molesta su ordenador. Ni le piden sus documentos. Dobro Dosli. Algo, mucho, ha cambiado ya en Serbia. Aunque los policías, los jefes militares, los funcionarios sean los mismos. “La hidra que era el régimen de Milosevic”, dice días más tarde el presidente Kostunica al recién llegado, “está descabezada, pero sigue teniendo muchos tentáculos”. Cierto, sin duda, pero los tentáculos ya no luchan por la cabeza. Tan sólo por sí mismos, cada uno por su lado.
Es un día radiante y emocionante para el recién llegado. La última vez que había estado en Belgrado le había rodeado en todo momento una amenazante hostilidad. Las banderas, los policías, las cuatro eses del escudo nacional, las miradas y la gente, todo es de repente distinto a como lo recordaba. Una percepción perfectamente subjetiva, pero muy emotiva.
Como aquella llegada a Rumanía, también tras años de veto por parte del régimen comunista, cuando periodistas improvisados de los nuevos medios que habían recuperado la palabra tras caer Ceaucescu buscaban entusiasmados a colegas extranjeros que hubieran sido indesirabili, indeseables, bajo el régimen de Ceausescu.
Pero como prueba de que el pasado aun no lo es del todo y sigue ahí, perdedor, culpable, desmemoriado ya, el recién llegado se encuentra a Vladislav Jovanovic al que el nuevo Gobierno ha llamado a consultas. Llega desde Nueva York donde fue embajador ante la ONU de la disminuida Yugoslavia convertida en un Estado paria por su jefe y benefactor. Después era algo menos que eso. Jovanovic fue en su día ministro de Asuntos Exteriores de la Yugoslavia de Milosevic.
La obscenidad que ha desplegado siempre en la defensa del régimen y sus peores atrocidades es proverbial. No había mentira que le produjera el mínimo rubor. Pero además, el interlocutor de Jovanovic allí en Belgrado a principios de noviembre, conoce a testigos que oyeron ya en 1993 o 1994 como éste decía: “Cuando acabemos con los turcos de Alia vamos a solucionar de una vez por todas lo de Kósovo”. Los “turcos de Alía” eran los musulmanes bosnios. La solución para Kosovo de la que hablaban iba en el mismo sentido que la solución final que la cumbre nazi junto al lago Wannsee en Berlín organizó para los judíos europeos. Desde luego lo intentaron. Y Jovanovic fue el encargado de llorar desde la CNN en Nueva York contra la “agresión asesina de la OTAN”, cuando la comunidad internacional decidió, por fin, con siete años de trágico retraso, parar los pies al asesino más completo que ha dirigido un país europeo desde la muerte de Stalin.
Abordado junto a sus maletas, Jovanovic se muestra poco dispuesto a hablar del pasado. Dice que es mejor entrevistar a “la gente nueva”. Lo dice como quien habla de la alternancia de tories y laboristas en la Cámara de los Comunes en Westminster. Nosotros los lacayos de Milosevic o esos demócratas. Todo muy natural. Se le nota que su máximo esfuerzo desde que se subió al avión en Nueva York es creerse eso de “la vida sigue igual”. Coge la tarjeta de visita, no da la suya y dice que, si puede, llamará al hotel para hablar con el periodista. Por supuesto, jamás llegaría a llamar. Pero es de los que nunca tendrán problemas con su conciencia. La reflexión, la introspección, le son ajenas. Es Joseph Goebbels tras la derrota de 1945 pero sin la mínima intención de suicidarse. Se buscará la vida.
No como la hija de Ratko Mladic, el gran asesino de Srebrenica y tantos otros lugares en los Balcanes. Ella, María, la niña de sus ojos, del papá general, se la quitó. Era estudiante en Belgrado y dicen que no pudo soportar la repugnancia que le producía saber lo que su padre había hecho. Mladic es, con Milosevic, uno de los primeros de la lista de criminales de guerra perseguidos por el Tribunal de La Haya. En la lista pública. Porque en la secreta hay muchos que no lo saben y que corren serios riesgos de ser detenidos en cuanto aparezcan por un aeropuerto internacional que no sea el de Belgrado. Pero hay miles que creen poder estar en la misma y que viven por ello presos de sí mismos y de su memoria. Hasta que mueran o se entreguen.
Es sin duda un triste sino el de ser un criminal proscrito en todo el mundo, para Milosevic, Mladic y tantos otros. Pero no son éstos los personajes más trágicos. Mladic por ejemplo está ya en edad de jubilación y su hija se murió de asco a él. Sus ganas de vivir no son ya las mismas que cuando le decía a Misha Glenny, periodista entonces de la BBC en los Balcanes que se alegraba de que finalmente hubiera aceptado desayunar con el aguardiente casero que él hacía. “Si llega usted a rechazarme el rakia, me habría visto obligado a pegarle cuatro tiros”.
Simpático el hombre. Muy jovial el general en aquellos años en que bombardeaba Dalmacia desde sus posiciones en Knin.
El lugarteniente de Mladic, el general Krstic, tampoco pasa por mejores momentos. Ya ha reconocido ante el Tribunal de La Haya gran parte de sus crímenes, entre ellos su responsabilidad en la muerte de más de 7.000 hombres, ancianos, adultos y adolescentes que capturaron las tropas serbias cuando entraron en Srebrenica ante la absoluta pasividad de las tropas de la ONU, en este caso holandesas, que estaban allí para defender a la población civil en aquella zona declarada protegida por la ONU. Poco protegida resultó. Todavía hoy se están desenterrando los huesos de todos aquellos seres inermes, indefensos a los que Mladic dijo ante las cámaras aquello de “no os preocupéis chicos, que no os pasará nada”. En La Haya se acumulan las pruebas inculpatorias contra ellos.
El nuevo presidente, Vojislav Kostunica, es un jurista garantista y poco amigo de empezar todos los cambios con amenazas de aplicar la justicia contra esa infracultura del crimen que Milosevic implantó en el aparato del Estado y ciertos sectores sociales. Considera que tiene hoy otras prioridades ante los ingentes problemas que se agolpan. Pero se nota que no tiene intención de proteger a un asesino por el mero hecho de que sea serbio. Y según pasa el tiempo, cada entrevista que da revela mayor disposición a colaborar con el Tribunal Penal de La Haya.
En realidad este tribunal, tantas veces criticado en Serbia, también por Kostunica, es una buena carta para las nuevas autoridades y la propia sociedad serbia. Gracias al mismo pueden eludir conflictos y tensiones hipotéticas durante un juicio en propio suelo, demostrar su voluntad de integración en la comunidad internacional y evitar tener en prisiones propias a personajes perfectamente indeseables ante los proyectos de reforma.
“Que se lo lleven a La Haya. Mientras esté aquí no estaré tranquila”, dice María en un bonito restaurante no lejos de la gran catedral ortodoxa que por supuesto sigue sin concluirse. En cinco años no han avanzado mucho en esta obra que intenta desde hace décadas devolver algo de autoestima a la iglesia ortodoxa serbia en Belgrado. María fue una de esas personas privilegiadas que, cuando se produjeron los bombardeos, pudo ponerse a salvo con su hija en el extranjero. Ella sabe que muchos de sus amigos y conocidos, que pasaron más de dos meses bajo la amenaza de las bombas, no se lo perdonarán nunca. Pero a una madre le importa poco que la llamen traidora cuando puede evitar un riesgo a su niña.
El profundo resentimiento de los belgradenses hacia la OTAN está omnipresente y es más que lógico. Ni los enemigos más acérrimos de Milosevic pueden justificar que caigan bombas sobre los escenarios de su infancia y la de sus hijos. Pero ni este sentimiento tan comprensible, ni la propaganda de Milosevic y de sus acólitos occidentales, pueden ocultar que los hechos son tozudos y que los edificios bombardeados en Belgrado, son muy pocos y todos objetivos claros si se excluye la Embajada china. Los serbios ya saben que sus autoridades ocultaron a los trabajadores de la televisión el inminente bombardeo del edificio para inmolar sus vidas a la causa del sátrapa. Los sentimientos genuinos contra la intervención se mantendrán largo tiempo. “Las heridas son muy recientes” dice Kostunica. Pero sanarán si no se producen otras nuevas. La sociedad serbia tiene ante sí esa dolorosa labor de mirar a su interior, despojarse del victimismo que todo lo justifica y buscar las causas profundas, más allá del cuadro psicopatológico de su caudillo, que la llevaron a romper de forma tan violenta con los pueblos del entorno y finalmente con el mundo. No será fácil pero se intuye que la participación activa en la caída del régimen de Milosevic ayudará a los serbios a liberarse de la visión paranoica de la historia y del mundo que se había convertido en su única realidad.
Momir no está en la recepción del Hotel Moscva. Murió hace unos años. No ha podido ver esto. Quizás no le hubiera gustado. Porque era un ferviente admirador de Milosevic y de su cruzada contra los malditos albaneses. Era afable y cariñoso como pocos. Pero fumigar con veneno pueblos albaneses le habría parecido una mera acción de higiene. Era el paradigma del nacionalismo con uniforme de recepcionista. Como madres en tantos sitios desean la muerte de los hijos de otras madres, él no veía mínimamente razonable considerar que todos los seres humanos tienen el mismo valor. Justificaba crímenes. Y sin embargo nadie que lo conociera habría sido capaz de decir que era malo. Sí lo son por el contrario los efectos que tuvieron en Serbia los mensajes de otros que, más sofisticados se supone, pasaron por Belgrado y desde su narcisismo tímido y recóndito negaron las matanzas de Srebrenica, véase el escritor austriaco Peter Handke que, como Celine con los nazis, prestó su talento a causas miserables. Nadie espere una autocrítica. Tampoco son deseables. Pero quizás sí lo fuera algún mínimo gesto que sugiera pudor.
Momir es una gran ausencia en el Moscva. Pero están todos los demás. El histórico hotel en el que Trotsky escribió sus reportajes sobre las guerras balcánicas, con sus maravillosas suites sobre la avenida Terrasije, pide a gritos una reforma. Es uno de esos hoteles europeos en los que se siente la lejana presencia de hombres y mujeres que marcaron este siglo para bien y para mal. En el café hay como antaño muchas caras que evocan pasados, cercanos o no. Hay una tertulia de mujeres con caras graves, hombres solitarios, viejos dignos que parecen todos compañeros de Ivo Andric, aquel escritor, Premio Nóbel, que recitó los sentimientos balcánicos como nadie, y adolescentes comentándose sus más recientes emociones.
Ha sido muy dura la década. El país, Serbia, y su otrora bulliciosa capital, Belgrado, están cansados. Ha sido mucho lo sufrido y aguantado, muy fuerte y muy duro, durante demasiado tiempo. Se nota en las caras. Pero hay, por primera vez en muchos años, lo percibe quien estuvo largo tiempo ausente, esperanza. Los serbios se han sentido humillados y pocos pueblos digieren esto peor que ellos. Pero hay indicios para pensar que la nueva autoestima de los serbios, será una forma de apreciarse que no pase por el desprecio o el miedo al prójimo. Salvo los mafiosos y asesinos que se habían hecho con el país cabalgando sobre la retórica patriótica, todos parecen intuir que hay una gran oportunidad para acabar con la pesadilla histórica del odio y el agravio.
Ivan Vejvoda está convencido de que es así y de que se está en el buen camino, lleno de obstáculos pero correcto en su dirección. Como director de la Fundación Sörös en Belgrado no lo ha pasado nada bien como “enemigo del pueblo” o “traidor” al servicio de pérfidos intereses occidentales. Al igual que su interlocutor español, le han caído encima todo tipo de calificativos por sus actividades supuestamente “antiserbias”. Pero a diferencia del periodista, él estaba allí y arriesgaba la vida. En Belgrado han sido constantes en los últimos años las desapariciones y los asesinatos, formas supremas del matonismo generalizado. Vejvoda siempre podía haber sido el siguiente. También Velimir Curgus Kazimir, cuyo rostro, marcado como pocos por el referido cansancio nacional, se alegra de ver al recién llegado.
Aquel día había llamado desde Madrid una serbia entusiasmada por el hecho de que el periodista español estuviera en Belgrado. Como dijeron algunos amigos al recien llegado “si tú estás aquí es que realmente las cosas han cambiado mucho”. Vejvoda y Kazimir creen en esta transición. Cuando comenzaron los bombardeos las paredes de la sede en la calle Zmaj Jovina aparecieron llenas de cruces gamadas y las llamadas con amenazas de muerte no cesaban. A ellos no les ha pasado lo que a Slavko Curuvija que fue abatido a tiros ante su casa días después de que la mujer de Milosevic publicara un artículo atacándole. Existen pruebas que demuestran que fue un íntimo colaborador de Milosevic, el jefe de la seguridad del Estado, Rade Markovic, quien ordenó su muerte. Markovic no quiso dimitir.
Kostunica no le da importancia. “Supone un peligro en el cargo: no. Puede crear problemas su cese: quizás”, explica el nuevo presidente su postura. Otros no son tan condescendientes. Quieren una depuración rápida de ese aparato tan corrupto y violento que tanto daño ha hecho al país. En todas las transiciones hay distintas sensibilidades, prioridades encontradas aunque los objetivos sean comunes. Habrá sin duda problemas entre ellas. Y muchísimas trampas y obstáculos.

Pero el retorno a Belgrado, después de estos cinco años, viendo desde la fortaleza de Kalamegdan la confluencia del Danubio con el río Sava y de la planicie panónica con los montes que surcan la región, lugar simbólico y espectacular de la unión de Europa con los Balcanes, uno no puede sino agradecer poder haber visto cómo en esta región tan maltratada, perdían esta vez los peores. El retorno a Belgrado le ha convencido al viajante de que el retorno de Serbia a la casa común europea ha comenzado. Y le confirmaba la íntima convicción de que la resignación es el fracaso y de que puede y tiene que triunfar la resistencia contra el odio, la tribu y los peores instintos del ser humano.
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MAL PLAN EL DE COLOMBIA

Por HERMANN TERTSCH
El País  Sábado, 18.11.2000

TRIBUNA: CUMBRE IBEROAMERICANA EN PANAMÁ

El anfitrión este año de la Cumbre Iberoamericana es Panamá. Se trata de un bello gesto del conjunto de jefes de Estado y de Gobierno de los países de habla hispana y portuguesa; los panameños ya tienen este año lo que durante tanto tiempo anhelaron, la conquista completa de su soberanía. Todo el mundo sabe dónde está el Canal de Panamá y para qué sirve. Pero pocos son conscientes de la gran gesta de la ingeniería civil, del arrojo humano y la capacidad de sufrimiento, en la construcción y la posesión de este río artificial, que cambió el mundo a principios de siglo. Y no muchos perciben la inmensa importancia que tiene para todas las luchas de intereses en la región, desde que la lógica del poder dio a los estadounidenses el control de este proyecto francés de Lesseps. La devolución del Canal de Panamá por el Acuerdo Torrijos-Carter fue un hito en la lucha de los países latinoamericanos por ser dueños de su futuro. Pero algunos siguen sin resignarse a que esto suceda por muy justo y necesario que sea. La X Cumbre Iberoamericana de Panamá tiene como cuestión central la situación precaria, trágica y deplorable de decenas de millones de niños en la región. Es una cuestión grave porque la falta de redes de protección y educación de estas masas infantiles y juveniles hipotecan el futuro del conjunto de esas sociedades. La ignorancia, la pobreza y la explotación alimentan ese monstruo que son la corrupción, la delincuencia y la violencia que tienen en jaque a las democracias latinoamericanas.
Pero hay, o debiera haber, más cuestiones sobre la mesa. El Plan Colombia es uno de ellos. Desde su presentación como una iniciativa de búsqueda de fórmulas políticas y sociales para afrontar la dramática situación de este país, vecino de Panamá, se ha convertido en una inmensa y muy poco disimulada operación militar con el fin de liquidar a la guerrilla colombiana con medios bélicos y reconducir la evolución política de las dos últimas décadas hacia una nueva omnipresencia estadounidense que equivale a un dictado.
Estados Unidos tiene intereses muy legítimos en su patio trasero, y muchos, y muy razonables motivos para insistir en su presencia en la región. Son los receptores de millones de inmigrantes del sur y de miles de toneladas de cocaína de un narcotráfico que subvierte su propio orden social al tiempo que corroe las defensas de las democracias emergentes en el sur. El narcotráfico es un problema tan yanqui como colombiano, peruano, boliviano o panameño.
Pero el Plan Colombia amenaza con ser algo muy distinto a la operación de cooperación internacional contra la droga. Sus efectos pueden inducir a la desestabilización institucional y fronteriza de todos los países de la región, disparar los movimientos migratorios de refugiados y desplazados y fomentar una escalada, ésta sí incalculable, de la violencia armada.
La suspensión de las ya agónicas negociaciones de paz en Colombia entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC es la primera muestra de los efectos destructivos de este plan. Pero hay más. Por mucho que las autoridades panameñas se declaren neutrales, los Gobiernos de Ecuador y Perú busquen fórmulas de beneficiarse de los recursos ofrecidos por Washington, y Brasil y Venezuela militaricen sus fronteras, tarde o temprano el Plan Colombia ha de implicar a los seis Estados que tienen frontera con este país. Lo quieran o no. La Comunidad Iberoamericana tiene serias razones para declararse en contra de un concepto bélico en el que Washington, azuzado por el Pentágono, halcones ideológicos y otros interesados más prosaicos, quiere equiparar guerrilla con narcotráfico, ignorando los muchos factores que desmienten dicho análisis.

Los nuevos caudillismos en la región, como el desplome de la credibilidad de las democracias, son un reto inmediato. Exigen la denuncia de un proyecto que reduce el conflicto colombiano y el problema del narcotráfico en un debate sobre la cantidad de helicópteros Sikorsky que hay que desplegar. Aunque le moleste a la compañía que los fabrica y a sus subvencionados en los pasillos del Pentágono, de la Agencia Nacional de Seguridad, la DEA o la CIA.
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NADA SERIO, PERO SÍ MUY GRAVE

Por HERMANN TERTSCH
El País  Sábado, 11.11.2000

TRIBUNA: ELECCIONES 2000

Parece una mala broma el espectáculo norteamericano al que, atónito, asiste el mundo desde el pasado martes, miércoles para los europeos. Exactamente desde que se revelara que todas las cadenas de televisión, periódicos y sesudísimos institutos se habían columpiado como nunca al anunciar la victoria de George Bush. Son muchos los que fuera de Estados Unidos ríen la ceremonia de confusión como un acto supremo de justicia que castiga la arrogancia desplegada por los bandos en litigio y tradicionalmente por toda la nación afectada. Aquí, en Panamá, estos días, mientras se prepara la inminente Cumbre Iberoamericana, como en los países que estarán representados en la misma, se oye con frecuencia la frase de que “eso les pasa por no dejarnos participar en la elección del presidente yanqui a los realmente afectados por la misma, es decir, a nosotros, mexicanos, panameños o colombianos, a los latinoamericanos”. O europeos, cabría decir. También hay en el patio trasero de EE UU una evidente satisfacción ante las denuncias de irregularidades, chapuzas escandalosas y falta de fiabilidad en los recuentos que han surgido en ciertos condados del decisivo Estado de Florida. “Ellos, que se consideran los únicos legitimados para dar credenciales democráticas a las elecciones en cualquier punto del universo, mire cómo lo hacen”. Las dificultades de los norteamericanos consigo mismos siempre son bienvenidas en sociedades que nunca se han sentido tratadas con respeto por el imponente vecino del norte.
La idea de que al final la decisión sobre quién ostenta el poder supremo sobre la única superpotencia mundial la tendrán tres o cuatro viudas del condado de Palm Beach en Florida que decidieron votar porque su bingo habitual había cerrado por obras, puede tener cierta gracia. Pero también inducir al pánico. En el Renacimiento se elegía con mejor criterio de integración a los emperadores. Lo hacían unos pocos príncipes. Ahora son unos pocos jubilados. Que la sociedad norteamericana, en el momento de mayor bienestar, seguridad e incluso opulencia esté tan dividida ya no es una broma. Porque es cierto que Al Gore y George Bush han luchado en el centro del espectro político y que las diferencias más agudas se han visto en la campaña más en cuestiones de carácter que de contendido. Y los elementos correctores firmemente asentados en la vida y cultura políticas norteamericanas, así como la propia realidad, habrían paliado, si no neutralizado, muchas de las diferencias expuestas. Ni Bush habría podido desentenderse del todo de la cooperación internacional en zonas de conflicto ni Gore habría hecho más que Clinton -es decir, nada- por evitar que algunos Estados como el que gobierna su rival parezcan querer terminar con la saturación penitenciaria por la vía más expeditiva y siniestra.

Pero el enfrentamiento entre los bandos republicano y demócrata ha alcanzado un grado de crispación y hostilidad mutua con poco precedente. La democracia norteamericana siempre ha dado pruebas de gran madurez en la cooperación entre los dos grandes partidos cuando lo requería el interés de la nación. Pero ya desde la llegada de Newt Gingrich como caudillo republicano al Congreso, y especialmente durante el impeachment de Clinton por el caso Lewinski, se vio que eran muchos los puentes de diálogo que estaban siendo dinamitados. La violencia retórica de estos días, después de las elecciones, puede por ello ser un grave punto de inflexión en la tradición política norteamericana. Si cuando el 17 de noviembre próximo acabe el recuento del voto por correo persiste la voluntad de luchar por unos votos ante los tribunales, el nuevo presidente, sea quien fuere, apenas tendrá tiempo para montar su equipo. Estas semanas (o meses) se convertirán en un terrible lastre para su autoridad, credibilidad y apoyo social. Aquí se rompe la regla de algunos de que lo malo para Washington tiene que ser bueno para otros. Sería malo para todos. Si los dos candidatos ya no eran de por sí el ideal de presidente de la mayoría de norteamericanos y ciudadanos del mundo, en dichas circunstancias lo deseable sería esconderse hasta que concluyera su mandato.
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“ES PRIORITARIO QUE MILOSEVIC RESPONDA ANTE EL PUEBLO SERBIO”

Por HERMANN TERTSCH
El País,  Belgrado, 05.11.2000

ENTREVISTA
VOJISLAV KOSTUNICA | PRESIDENTE DE YUGOSLAVIA

El nuevo presidente yugoslavo explica en esta entrevista que su prioridad es asentar las instituciones, y pone como ejemplo la transición española. Sobre la situación económica de Serbia reclama la ayuda internacional para “sobrevivir el invierno”.
Mañana se cumple un mes de la segunda revolución de terciopelo (tras la checa, que acabó en 1989 con décadas de comunismo); un mes desde que el pueblo serbio se echara a la calle e impusiera el respeto a la victoria en las urnas de la Oposición Democrática de Serbia (DOS), encabezada por Vojislav Kostunica, de 56 años, y que Slobodan Milosevic le negaba. El presidente yugoslavo recibió ayer a EL PAÍS en el Palacio de la Federación, un edificio de salones inmensos, al más puro estilo estalinista. A Kostunica, un jurista tranquilo, la propaganda de Milosevic sólo le encontró dos defectos con el fin de desacreditarle: no tener hijos y ser dueño de dos gatos.

Pregunta. El proceso es irreversible, pero hay resistencia. ¿Cuál le preocupa más?
Respuesta. Lo más difícil no es tanto la resistencia del viejo sistema, sino el problema de crear uno nuevo. El régimen anterior sólo era multipartidista en su fachada; en realidad funcionaba como un régimen de partido único, con control absoluto de la policía, el Ejército y del aparato del Estado. Ahora hay que establecer un sistema democrático y la responsabilidad recae sobre personas cuya única experiencia está, si acaso, en los municipios. Las cosas van más lentas de lo deseado, pero nuestra prioridad es una transición pacífica; hay muchos agravios y resentimientos, por eso hay que avanzar con cuidado. En este sentido, me inspiro en las experiencias de la transición española o checoslovaca.

P. El 23 de diciembre habrá elecciones para el Parlamento de Serbia y la victoria de la DOS parece asegurada; en el Gobierno federal, que se forma hoy, gobernará hasta las elecciones federales, que, previsiblemente, serán en verano u otoño. Pero la DOS está compuesta por 18 partidos unidos por la lucha contra Milosevic. ¿Aguantará?
R. Lo importante es que la coalición esté unida hasta las elecciones de diciembre, y lo está y estará. Después ya se verá ante las elecciones federales para las que, además, concurre otro factor, aún sin aclarar, que es Montenegro. Pero la DOS no está compuesta por 18 partidos más que nominalmente; en realidad, son tres o cuatro que más adelante se situarán de una forma u otra en el espectro. En la actual situación no hay que mirar demasiado lejos.

P. Miremos entonces al pasado. Después de lo sucedido, muchos se preguntan en el mundo cómo, no ya la población más manipulable, sino las élites serbias -los intelectuales de la Academia de Ciencias o los procedentes del Grupo Praxis-, sucumbieron a la fiebre ultranacionalista promovida por Milosevic y después mantuvieron su apoyo.
R. No creo que haya sido así. Hubo un momento en que todas las élites políticas comunistas de las repúblicas yugoslavas utilizaron las reivindicaciones nacionalistas. Ya antes de la II Guerra Mundial había fuerzas que demandaban una reconsideración de Yugoslavia; después vino la guerra con sus limpiezas étnicas, especialmente en Croacia; después llegó [Josip Broz] Tito e impuso por la fuerza el lema de “hermandad y unidad”, pero en realidad gobernó siempre bajo el lema de “divide y vencerás”, tan bien expresado en la Constitución de 1974. Pero esto se hizo con la presunción de que Tito era inmortal. Cuando murió, todos los problemas salieron a la luz y Milosevic demostró ser un gran manipulador de los sentimientos y los agravios, como lo eran [Franjo] Tudjman [en Croacia] y, en menor medida, Alia Izetbegovic [en Bosnia]. Milosevic jamás tuvo mayoría, siempre gobernó comprando a los partidos de la supuesta oposición.

P. Ha mencionado usted a Montenegro. Las relaciones de Serbia con esta república y el asunto de Kosovo son las dos principales cuestiones pendientes para la reorganización institucional y estatal. ¿No cree, a la vista de la actual situación, que lo más realista sería partir de tres Estados para afrontar después una posible confederación?
R. Eso, en el caso de Kosovo, sería la independencia. Creo que son muchas las cuestiones que han de ser consideradas. Mientras que los serbios y otras comunidades no albanesas no hayan regresado a Kosovo, no podrá tomarse ninguna decisión al respecto; por eso habrá que esperar. Kosovo seguirá siendo un protectorado durante un tiempo, hasta que la situación permita una solución final. Pero hay otros factores, porque un Kosovo independiente crearía de inmediato problemas en Macedonia con la población albanesa. Habrá que buscar una fórmula que considere todos estos elementos.

P. ¿Va a entablar el diálogo con Ibrahim Rugova, presidente de la Liga Democrática de Kosovo, que ha ganado las elecciones?
R. Nuestro interlocutor en Kosovo es, hoy por hoy, el UNMIK (la fuerza de la ONU).

P. Ustedes heredan una economía en ruinas. ¿Cuáles son las prioridades y qué esperan de la ayuda internacional?
R. En estos momentos lo que esperamos es ayuda para sobrevivir el invierno, dicho llanamente. Nosotros queremos abrir la economía al mundo, reformarla y lograr atraer la inversión extranjera. No pensamos en mantener a Yugoslavia indefinidamente como dependiente de la recepción de la ayuda exterior. Tenemos los recursos naturales y la potencia para que esto no sea necesario. Pero ahora nos enfrentamos a dos procesos paralelos que son la democratización y la invernización, si me permite esa palabra. La ruina de la economía se debe a tres factores: primero, a la gestión del régimen anterior; después, a las sanciones internacionales, y, finalmente, a la intervención de la OTAN.

P. La caída de Milosevic ha sido muy aplaudida. Usted fue cálidamente recibido en Biarritz durante la cumbre de la Unión Europea (UE), y por Jacques Chirac, que lidera la presidencia francesa de la Unión; se ha entrevistado y fotografiado dando la mano a Javier Solana, que ha sido el símbolo del mal para muchos serbios desde la intervención militar. ¿Cómo va el proceso de normalización de relaciones con los países que participaron en ella?
R. Por supuesto que habrá normalización; nos queremos abrir al mundo y pronto afrontaremos el restablecimiento de relaciones diplomáticas con los países con los que se rompieron cuando se produjo el ataque. Aunque es evidente que seguirá habiendo problemas durante un tiempo, porque las heridas aquí están aún muy frescas. Está claro que el principal culpable de lo que pasó es Milosevic, pero la OTAN podía haber evitado la intervención, y como poderosa alianza de 19 países tiene la mayor responsabilidad de que ésta se produjera. Había otras opciones, como muchos comienzan a reconocer en los países participantes. Tengo la impresión de que hay cierta tendencia a querer olvidar lo ocurrido. Pero en todo caso, mi visión de la política exterior a seguir es más plural que la que han tenido otros países en su transición; algunos, como el presidente checo, Vaclav Havel, tenían la máxima prioridad en el ingreso de su país en la OTAN; los hay que creen en una relación de máxima prioridad con Estados Unidos. Yo creo que nuestra política debe ser plural y equilibrada con los países de la Unión Europea, con Rusia y con todos. Somos el occidente del este y el oriente del oeste.

P. La pregunta inevitable, presidente: ¿cómo se van a depurar las responsabilidades? Han aparecido las pruebas de los crímenes cometidos, aquí, contra ciudadanos serbios; en La Haya, el general serbio Radislav Krstic ha reconocido parcialmente su culpabilidad en Srebrenica, y Croacia está entregando a sus ciudadanos acusados por el Tribunal Penal Internacional. ¿Qué piensa hacer con los acusados, especialmente con Milosevic?
R. La verdad es que la suerte de Milosevic no está entre mis prioridades actuales; además, sigo creyendo que, en la cuestión de la guerra de Yugoslavia, el tribunal de La Haya ha demostrado cierto sesgo; pero también es cierto que el tribunal es consecuencia de los acuerdos de Dayton y que Milosevic los firmó, luego creo que va a ser inevitable que tengamos algún tipo de cooperación con el tribunal de La Haya. Sin duda, es inevitable que Milosevic asuma responsabilidades; empezó a hacerlo cuando perdió el poder. Pero también habrá de hacerlo por intentar negar la voluntad al pueblo serbio tras las elecciones del 23 de septiembre. Y para mí es prioritario que responda ante el pueblo serbio.

P. ¿Y otros, como el jefe de la seguridad del Estado, Rade Markovic, acusado de asesinar a un periodista y que sigue en su puesto?
R. Muchos exigen más rapidez, también en el caso de [jefe del Ejército, Nebojsa] Pavkovic, pero yo me hago la siguiente consideración: ¿supone Markovic hoy un peligro para la transición democrática? La respuesta es no. ¿Puede su destitución inmediata crearnos algún tipo de problemas? La respuesta es quizás. Este caso, como el de los militares, también será resuelto en su momento, de eso no hay duda. Pero nuestra máxima prioridad hoy es afianzar las instituciones, la estabilidad del Estado. Y es mejor posponer todo aquello que pueda entorpecer nuestra labor. Cuando estén consolidadas las instituciones se hará lo necesario.

P. Dijo usted que se irá en cuanto estén consumadas las reformas estatales y ha hablado del plazo de año y medio. ¿Sigue pensándolo?

R. Es lo que pensaba. Mi máximo objetivo está en consumar la transición y confirmar la estabilidad de las instituciones en Serbia y las federales. Pero la transición depende en gran parte de cuál va a ser la solución para la constitución federal. La actual es inaceptable tanto para Montenegro como para Serbia. Y no podemos esperar cuatro años para cambiarla. El problema está en que [Milo] Djukanovic [el presidente de Montenegro] y su partido actúan como si no hubiera cambiado nada. Hay que buscar una solución que puede pasar por un referéndum. Si los montenegrinos votan a favor de la independencia, nadie en Serbia la evitará. Creo que el acuerdo es posible.
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KOSTUNICA PREPARA UNA LEY DE AMNISTÍA PARA LOS PERSEGUIDOS POR MILOSEVIC

Por HERMANN TERTSCH
El País,  Belgrado, 04.11.2000

El jefe de la policía política de Slobodan Milosevic, Rade Markovic, seguía ayer sin dimitir. No obstante, las reformas avanzan en Belgrado, pese a las inmensas resistencias de algunos. El Gobierno federal está ya listo para asumir sus cargos e iniciar sus tareas. Al mismo tiempo, está ya preparada una ley de amnistía para los perseguidos por el régimen de Milosevic.
Según miembros del futuro Gobierno, el jefe de la policía política, Markovic, no dimite “por puro miedo a enfrentarse a un procesamiento por los supuestos delitos que ha cometido”. No son pocos los miembros del aparato del régimen de Milosevic que siguen intentando negociar su impunidad antes de dejar los cargos, aunque sepan que sus días en éstos están contados. Los avances en lo que medios diplomáticos llaman “el proceso correcto además de irreversible” ganan terreno día a día. Por primera vez en muchos años los serbios vuelven a sentir satisfacciones morales como sociedad. Así, han recibido como una gratificación y alivio el ingreso de su Estado, aún bajo el nombre de Yugoslavia, en la ONU. Esto supone todo un símbolo de la ruptura con una década de aislamiento. Además, ya está preparada una ley de amnistía, que beneficiará a todos aquellos perseguidos por el régimen de Milosevic, pero no afectará a los casos ahora puestos en marcha por supuestos crímenes de guerra, asesinatos políticos y delitos económicos, que han proliferado bajo el manto protector del presidente depuesto. Éstos no sólo no gozarán de amnistía, sino que se hace cada vez más evidente que la impunidad que se prometían va a ser imposible. Desertores y otros encarcelados o represaliados por el régimen depuesto serán puestos en libertad o podrán regresar de sus diversos lugares de exilio en pocas semanas. Pronto se espera también la liberación de los albaneses que quedan en las prisiones serbias.
El Gobierno federal yugoslavo, que dirigirá de forma interina (se supone que hasta el próximo verano o todo lo más hasta otoño) los asuntos puntuales de la federación serbio-montenegrina, está listo. La coalición gubernamental de excepción entre la Oposición Democrática de Serbia (DOS), el Movimiento para la Renovación Serbia y el Partido Popular Socialista (SNP), dirigido por el socialista Zoran Zizic, tendrá como viceprimer ministro a Miroljub Labus, un destacado economista del grupo independiente G-17, que en realidad controlará las tres carteras técnicas que han sido otorgadas al Partido Socialista.

Entre las grandes novedades de este Gobierno se halla el nombramiento del joven Goran Svilanovic, de 37 años, miembro de la Alianza Cívica de Serbia, como ministro de Asuntos Exteriores. Sus máximas prioridades habrán de ser la incorporación de Yugoslavia a los organismos internacionales y la normalización de las relaciones con los estados vecinos, con los que hace apenas un lustro Serbia se hallaba en guerra. Las negociaciones sobre la sucesión en cuestiones de propiedad de la antigua Yugoslavia también se pondrán en marcha tras 10 años en los que Milosevic siempre quiso erigirse en único sucesor de la extinta Yugoslavia. Las otras asignaturas pendientes son la regularización de las relaciones con Montenegro y el comienzo a medio plazo todo lo más del diálogo con las autoridades albanesas de Kosovo. Los retos son grandes pero, por primera vez en muchos años, también lo son las esperanzas.
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DE VIRTUDES Y MISERIAS

Por HERMANN TERTSCH
El País  Sábado, 04.11.2000

TRIBUNA

Cambios políticos traumáticos, como golpes de Estado, revoluciones y derrocamientos, palaciegos o no, suelen ofrecer magníficas oportunidades para reflexionar sobre la naturaleza humana. Virtudes y miserias, en la vida cotidiana atemperadas, brotan nítidas de las actitudes de los individuos. La caída de Milosevic tras la victoria electoral del candidato presidencial de la coalición Oposición Democrática de Serbia (DOS) no es en este sentido una excepción. En Belgrado, políticos y militares, policías y periodistas, funcionarios e intelectuales están en plena lucha por adaptarse a la nueva situación. Unos lo tienen más difícil que otros; hay muchos casos trágicos, pero proliferan los grotescos. Son muchos hoy en Belgrado los interlocutores a los que devora las entrañas la necesidad de justificar su conducta. En su mayoría son gentes que ahora sufren pensando que fueron excesivamente sumisos o demasiado entusiastas en su adhesión a Slobo. Quienes vivieron los cinco o seis años de mayor frenesí pro Milosevic a partir de 1987 saben que tal sentimiento puede ser compartido por la inmensa mayoría de los serbios adultos. Y, según se van confirmando en los medios de Belgrado las verdades sobre los crímenes cometidos en nombre de la nación serbia por el aparato del régimen de Milosevic, se refuerza el sentimiento de la mala conciencia en aquellos que genuinamente habían creído la propaganda. Hoy ya saben todos que los generales Krstic y Mladic asesinaron a más de 7.000 hombres musulmanes desarmados en Srebrenica y que el Ejército mataba a civiles en Kosovo y no sólo luchaba contra la guerrilla. Otra cosa es que, como sucedió en Alemania después del nazismo, una mayoría recurra a mecanismos psicológicos para paliar o reprimir por completo dichos sentimientos.
A los serbios les costará sin duda salir de la cultura del victimismo nacionalista que los lanzó a la trágica aventura liderada por Milosevic. Paradójicamente puede ser su nuevo presidente, Vojislav Kostunica, el hombre ideal en el momento correcto para afrontar esta ingente tarea de forjar una nueva cultura política y sacar a la sociedad serbia del narcisismo enfermizo que la ha llevado a ignorar hasta ahora todos los sufrimientos que no fueran los propios. Kostunica es, como dice Ivan Vejvoda, el director de la Fundación Sörös en Belgrado, un nacionalista en el sentido en que podía serlo De Gaulle, pero sus convicciones democráticas, liberales y humanistas prevalecerán siempre a todas las demás. En este sentido y en referencia a Kosovo, Vejvoda recuerda que también De Gaulle dijo en su día que Argelia era Francia y luego le otorgó la independencia. Kostunica puede ser el hombre profundamente honesto, modesto e íntegro que necesita como ejemplo una sociedad tantos años secuestrada por un grupo político-mafioso en el que la falta de escrúpulos era su mayor mérito.

Pero lo realmente conmovedor, cuando no hilarante, son los denodados esfuerzos de siniestros personajes del régimen, en su día lacayos del régimen comunista, después entusiastas defensores de la hegemonía racial, el expansionismo y el lema de muerte al musulmán, por presentarse como impecables demócratas. Cierto que eso sucede en todas las transiciones y que la indignidad de estos individuos favorece la caída de las resistencias a la reforma democrática. Pero la procacidad con que ostentan su supuesto pedigrí de resistentes ante un interlocutor al que conocen desde hace lustros y que saben que les conoce es inaudita incluso para quien ha visto las conversiones en masa en Rumanía o la RDA. Tras cinco años de ausencia forzada de Belgrado, el visitante es recibido con desagradables abrazos de complicidad y apelaciones a la amnesia por aquellos que lo difamaron y tanto hicieron por que le fuera impuesta la prohibición de entrada en el país. La limpieza en el aparato de Estado serbio ya ha comenzado, y, a más tardar a medio plazo, será el propio Milosevic el que se siente en el banquillo. La mayoría de los interlocutores se inclinan a pensar que será en La Haya. Pero estos despreciables aparátchik que aún andan sueltos por las redacciones de algunos periódicos, seguro que encuentran acomodo bajo el nuevo poder.
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LOS LEALES A MILOSEVIC IMPIDEN LA CAÍDA DEL JEFE DE LOS SERVICIOS SECRETOS

Por HERMANN TERTSCH
El País,  Belgrado, 03.11.2000

La coalición DOS del nuevo presidente yugoslavo, Vojislav Kostunica, está dispuesta a asumir los retos que los aún leales a su antecesor Slobodan Milosevic intentan lanzarles desde su cada vez más débil posición. La batalla se centra ahora en la dimisión del jefe de los servicios secretos serbios, Radomir Markovic, acusado al menos de un asesinato. DOS ha lanzado un ultimátum: o dimite del cargo o se retiran del Gobierno de coalición.

Cambios en el Ejército
Así comenzaba ayer, con incierto desenlace, el mayor pulso político desde el 5 de octubre entre los vencedores en las urnas y el poder establecido por Milosevic en 12 años de reinado absoluto. Markovic está acusado entre otros muchos delitos de haber sido personalmente responsable del seguimiento y posterior asesinato del periodista Slavko Curuvija. La viuda del informador ha confirmado la autenticidad de los documentos que implican a Markovic, ya que contienen datos que sólo ella o su marido habrían podido certificar. Cuando el Partido Socialista Serbio de Milosevic, hoy representado por el primer ministro interino de Serbia, Milomir Minic, parecía haber reconocido la inutilidad de resistirse a la caída de Markovic (su dimisión estaba prevista el miércoles), algo o alguien la evitó y volvió a actualizar la amenaza de la nueva mayoría de la coalición DOS con abandonar el Gobierno de transición de Serbia si el jefe de la policía política no dimite o es destituido de inmediato.
Los acontecimientos en Belgrado se suceden a un ritmo de vértigo y los intereses que en ellos se dirimen son tan graves -van desde la opulencia económica a la persecución penal-, que nadie se atreve a hacer vaticinios a corto plazo.
Mientras se impone la convicción de que tanto Slobodan Milosevic como el general Ratko Mladic (responsable de las matanzas en Bosnia) y muchos de sus cómplices acabarán en el banquillo, en Belgrado o en La Haya ante el Tribunal Penal Internacional para los crímenes en la ex Yugoslavia, son muchas las consideraciones que la nueva dirección política del país ha de tener en cuenta para que la transición se produzca con unos visos de legalidad, o incluso legalismo, y que evite todo intento por parte de algunos de evocar una caza de brujas.
Fuentes políticas en Belgrado indican que igual que están contados los días de Markovic, haga lo que haga, lo están los del jefe del Estado Mayor del Ejército, general Nebosja Pavkovic. El actual jefe del Estado Mayor, que intenta acumular méritos para no ser arrastrado por la ola de renovación democrática, tiene los días contados, dicen dichas fuentes. “Puede ser cuestión de semanas, pero lo que está claro es que Kostunica es lo suficientemente prudente para esperar el tiempo que sea necesario. La urgencia la deben poner otros, él sólo debe administrarla”. También los miembros de la Junta Electoral Central, responsables de anunciar un resultado electoral tan obviamente fraudulento como el del 24 de septiembre, están siendo investigados por la fiscalía y la búsqueda de responsabilidades tiende a extenderse a otros ámbitos.
En cuanto a Milosevic, algunos medios de Belgrado aseguran que se encuentra en una instalación militar y no en su residencia de Dedinje y que, aunque oficialmente nadie le impide salir, se sabe preso por su incapacidad de moverse fuera sin una protección de la que ya no dispone.

En Belgrado ha cambiado por completo el ánimo en estas semanas y hoy son muy pocos los que creen que Milosevic, su mujer y sus íntimos colaboradores no estarán, a corto o medio plazo, ante un tribunal de justicia.
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