BERLÍN 1953

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 17.06.03

COLUMNA

Avenida de Stalin en Berlín Oriental, primera hora de la mañana, 17 de junio de 1953. Hoy hace medio siglo. Todo comenzó con unos gritos de “Ya está bien” o “Basta ya” y “No somos esclavos”. Terminó un par de días más tarde con un número indeterminado de muertos, miles de detenidos y un largo silencio que se prolongaría hasta el año 1989. Se cumple el 50º aniversario del levantamiento obrero de Alemania Oriental contra el estalinismo, precursor de otras revueltas que desafiaron en Polonia, Hungría, Checoslovaquia y después en toda Europa central y oriental a unos regímenes injustos y brutalmente inhumanos. En Occidente, donde no se sufrían sus atropellos, tanto los Gobiernos democráticos como las opiniones públicas tendían a trivializar aquellas tragedias.
Excesos de pragmatismo, elusión de conflictos o pacifismo crudo no han sido, tantas veces, sino colaboración con los enemigos de las libertades. Los alemanes empezaron protestando contra unos objetivos laborales impuestos por el régimen que eran insoportables. Pero acabaron muriendo con la convicción de que no lo hacían contra una medida laboral, sino contra conceptos totalizadores de la vida.
Las protestas occidentales fueron escasas. Quienes protestaban eran pronto los culpables de todo aquel desagradable conflicto, tanto en los medios bolcheviques del Este como en los liberales de Occidente. Quienes atacaban a los regímenes sometidos a la URSS eran tachados de anticomunistas fanáticos, cuando no de nostálgicos del Tercer Reich en Alemania, del fascismo en Italia o de ese colaboracionismo que tantas veces actuó con enorme efectividad. Es curioso, recordaba ahora Robert Leicht en el semanario Die Zeit, lo fácil que fue para la Alemania unificada cambiar el Día Nacional en el calendario. El 17 de junio generaba mala conciencia por doquier, mientras el 3 de octubre, día de la unificación, no exigía nada a la memoria autocrítica y era fecha común de autocomplacencia.

El 17 de junio alemán reclamó para los hijos de un régimen criminal su derecho a tener una vida propia, su libertad para luchar por una dignidad que la historia había negado a sus padres, tanto víctimas como verdugos. Habrían de pasar tres décadas para que los polacos triunfaran en este empeño y lograran, primero solos, después con todo un mar de voluntades vecinas, aupándolos hacia la victoria, esa confirmación de las palabras de Juan Pablo II en su primera visita como Pontífice a Varsovia: ¡No os resignéis! No era un consejo. Era una orden, y fue acatada. A partir de entonces no se resignaron ni polacos, ni checos, ni húngaros ni albaneses. Decenas de pueblos en el mundo, no sólo en Europa, escucharon aquel mensaje de lucha a favor de unos valores objetivamente más generosos, más solidarios y más humanos. También más valientes. Son muchos los que hoy quieren convencernos de que el 17 de junio en Berlín, 1956 en Budapest, 1968 en Praga o 1989 en todo el continente europeo no eran sino nuevos llamamientos irrisorios a favor de una de las opciones posibles y siempre equiparables y que Sadam es igual que Jefferson, Bush como Hitler, Blair igual que Kim Song Il, Aznar igual que Franco, Castro y Chávez males menores y las alianzas con asesinos en Navarra o Euskadi meros problemas de procedimiento y alianzas multicolor. No es así, y todos los muertos que, sólo en este Viejo Continente hemos sufrido desde aquel 17 de junio, nos debieran recordar que existen enemigos que quieren acabar con todo un sistema de vida que nos ha hecho más ricos y polifacéticos, más humanos y mejores entre nosotros. Gracias precisamente a las diferencias, pero también a la voluntad de cohesión de sentimientos y sueños. Pero que, cuando somos tan mansos como para abrazar al enemigo de todo lo que nos caracteriza como hombres libres, nuestra vida merecedora de ser vivida (unser lebenswertes Leben) puede estar al principio de su fin. Y que muchos tendrán o querrán morir para recuperar para sus hijos este friso magnífico que la humanidad ha logrado tallar en libertad en una alianza de pensamiento de Europa con América. De ahí la importancia de aquel 17 de junio.
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LOS ENEMIGOS FAVORITOS

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 10.06.03

COLUMNA

A una edad mediana, cuando ya se sospecha que se ha dejado más tiempo atrás que el que a uno le queda, conviene tener conciencia cierta de que, al igual que los amigos -reales- siempre le definen a uno, hay cierto tipo de enemigos que dignifican mucho. Si esta máxima tan razonable y obvia como antigua siguiera vigente en nuestras sociedades desarrolladas, las confusiones a la hora de abrir frentes de combate serían menores, tanto en la vida personal de los ciudadanos del mundo moderno como en la vida política nacional y en la internacional. Hay listas de objetivos a abatir en las que conviene estar por respeto a uno mismo. Y como muy fuerte indicio de que alguna razón se tiene. Hay que insistir en estar en ciertas listas. De lo contrario hay de que avergonzarse.
Aunque se entre en ellas sólo por la fuerza como es el caso del señor Ariel Sharon o por una mezcla de necesidad y virtud como le pasa a Abu Mazen, el primer ministro de la Autoridad Palestina. Lo más digno por supuesto es entrar en la nómina de enemigos de cierta gente por convicción y talante. Como los constitucionalistas vascos, por ejemplo, amenazados de muerte por unos, despreciados por los socios objetivos de aquéllos y vilipendiados por quienes se irritan ante la dignidad terca.
Quienes constantemente se equivocan de enemigos corren el riesgo de poner bajo seria sospecha sus criterios o, en el peor de los casos, sus intenciones. Son muchos los que decidieron que sus enemigos durante el conflicto iraquí estaban en Azores y que por combatirlos valía la pena convertirse en escudo humano para el carnicerito y enterrador vocacional de Bagdad. Aunque son legión más escasa de lo que creyeron, muchos insisten. Ahora se han convertido en entusiastas pregoneros del fracaso del plan de paz en Oriente Próximo. Es muy probable que, aunque se equivocaran en todo antes y durante la guerra en Irak, ahora vayan a tener mucha gratificación. El terrorismo ha vuelto a matar, en Israel y en Irak, y resuenan una vez más las frases de comprensión hacia quienes ven en Abu Mazen un traidor y veneran a Yasir Arafat como lejos de allí a Fidel Castro, ese hombre bueno que a veces se pone algo ordinario con ejecuciones y encarcelamientos de por vida, claro que por culpa de los norteamericanos, esos rufianes.
Arafat y Castro son ya el tándem de grandes timoneles en la lucha contra el imperialismo de nuevo cuño dirigido por un idiota tejano asesorado por unos judíos corruptos e insaciables que no piensan sino en esclavizar al mundo para imponer sus películas y exterminar el cine francés como en su día se acabó con la cultura azteca. Jacques Chirac, el nuevo adalid del espíritu indómito europeo, se dio cuenta en su momento de que algo había que inventar para hacer frente a los perversos manejos de ultramar. El resultado de los entusiasmos por los dos líderes supremos y añejos y por el rebelde con causa del Elíseo están hoy claros en lo que a Oriente Próximo se refiere: hay un plan de paz en el que la UE no tiene nada que decir pese a los denodados esfuerzos de dos españoles magníficos como son Solana y Moratinos; EE UU multiplica poder como influencia y todavía no hay nadie que emigre del pueblo más profundo de Dakota a México, China o Cuba. Ni siquiera Jürgen Habermas y Jacques Derrida pueden hacer otra cosa que acariciar el lomo del europeo autocomplaciente con sus cánticos de superioridad moral. La detestable retórica y estética norteamericana ha dado nuevos bríos al angelismo europeo. Tiene gracia que todos despachen a Bush como un new born, un renacido a la fe carbonera en Dios y no perciban que Europa no es ya que crea en la Virgen, es que se cree ser ella.

Habrá muchos más muertos en Israel y en los territorios ocupados, habrá atentados en Irak y en muchas partes del mundo, incluido nuestro país, habrá violencia y robos y una nueva era de incertidumbre. Y serán muchos los que interpreten todo como la confirmación de la perversidad de su enemigo favorito. Nada podrá convencerles de que en el mundo rigen otras leyes que las que rigen en Estrasburgo y que hay ideas hostiles a las que hay que combatir y vencer. Y que aunque nuestras diferencias con EE UU en la percepción del mundo hayan aumentado vertiginosamente en un siglo, nuestros intereses en defender valores comunes siguen siendo los mismos. Sobreviva o no el plan de paz en Oriente Próximo. Al fin y al cabo aquella tragedia, como tantas habidas, es un producto exclusivamente europeo.
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LA GRAN APUESTA

Por HERMANN TERTSCH
El País  Viernes, 30.05.03

LA POSGUERRA DE IRAK

Sin duda hay todavía quien no se quiere enterar. Pero esta realidad en rápida evolución no deja de ser terca. Hasta para el más tosco, el menos lúcido y el peor intencionado lanzado al éter. Los lagrimosos que nos auguraban el estallido de Oriente Próximo con la guerra de Irak están molestos. Los agoreros llevan semanas comiéndose su propio equipaje de drama inventado. Últimas grandes noticias sobre el fracaso del trío de las Azores son un muerto americano, atracos, chiíes enfadados y el pillaje “generalizado”. Dicen muchos que la posguerra será “complicada”. Roban a alguien en un país en el que enterraban vivas a miles de personas en un día, y todo el mundo tiene el deber de escandalizarse. Pero la catástrofe, la buena, no llega por mucho entusiasmo que vuelquen nuestros celosos fiscalizadores del pormenor iraquí en recordar a tan pocos muertos civiles de la contienda de tres semanas que Sadam habría compensado con la menor de las fosas comunes que en horas logró llenar a lo largo de su mandato. “The catastrophe simply did not take place. Sorry”.
No viene y no pasa. Qué lata. Lo más bonito pero también triste es identificar al irritado por tan espantosa evolución de los acontecimientos. En España, curiosamente, son los mismos que nos anunciaban la dinamitación del País Vasco por la inusual terquedad de las autoridades políticas y judiciales de aplicar allí el Estado de derecho. La falta de interés de los árabes y musulmanes por imponer propuestas asesinas globales y masificadas compite casi en emoción con el bucolismo político que ha supuesto borrar del mapa institucional al apologeta del crimen malcriado por la subvención manirrota.
En Oriente Próximo, ¡vaya por Dios!, España no sólo es protagonista del mayor órdago jamás diseñado en favor del Estado palestino desde 1948. Y no sólo tiene las mejores relaciones bilaterales con todos y cada uno de los Estados árabes y unas posibilidades insólitas de influir en el talante y la modulación norteamericana de la Hoja de Ruta. Habla en Siria y en Ramala. Telefonea con Irán y con Washington. Y es uno de los pocos interlocutores de peso que pueden actuar libremente, sin complejos y traumas, en Oriente Próximo.
Pese a todos los sabotajes y las miserias por ambas partes en disputa, la situación no es tan mala. Muchos lo lamentarán. Hay quien se horrorizará y quien desde atalayas mediáticas españolas nos anuncie la catástrofe. Siempre es posible. Pero mientras tanto, Ariel Sharon, el gran instigador del proceso de ocupación y parcelación de los territorios ocupados por Israel en 1967, acaba de imponer en su partido, el derechista Likud, la aceptación del término ocupación para la situación jurídica de Gaza y Cisjordania. Y reconocen que los palestinos tienen derecho a un Estado propio.

El primer ministro israelí, gran jinete del miedo a la aniquilación que marca siempre la conciencia judía, ha pronunciado una palabra tan normal para los Estados vecinos y las democracias europeas como insólita para su propia retórica. Es un punto de inflexión. Ya no hay vuelta atrás. ¿Quiénes han hecho posible este mayúsculo gesto político? Ante todo ese denostado presidente Bush que ha logrado hacer comprender a Sharon que no tiene alternativa y que el apoyo norteamericano a la política israelí tiene plazo fijo. ¿Supone esto “una amenaza para la seguridad intocable de Israel”? Por supuesto que sí. Estar en la punta de mira de los terroristas siempre es un peligro. No estar en dicha lista es, por el contrario, un alarde de miseria. Dan grima quienes quieren salirse de esas listas. Dan miedo quienes quieren que se desarme Israel o liquidar los presupuestos militares y liquidar las bases en su propio país europeo. Dan simple lástima quienes lloran a unos muertos a los que jamás les otorgaron la posibilidad de que su inmensa dignidad estuviera respaldada por sacrificios, también económicos, de un país que se enorgullece por primera vez de sus muertos. La esperanza de paz en Palestina aumenta y tiene mucho que ver con esos 62 ataúdes con esas banderas bicolores que el Rey despidió el miércoles.
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LA DEPRESIÓN DE WILLY BRANDT

Por HERMANN TERTSCH
El País  Sábado, 24.05.03

COLUMNA

La cruel realidad es que el SPD no tiene nada que celebrar hoy

El Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) ha cumplido nada menos que 140 años. Pocos partidos hay en el mundo que hayan marcado tanto la realidad política y social de las democracias desarrolladas. Pocas organizaciones democráticas pueden mostrar un balance tan plenamente digno y firme en la lucha por las libertades cuando más fueron amenazadas, contra el fascismo y el nazismo y contra el comunismo que surgió de sus propias filas. Difícil encontrar unas siglas que hayan aportado más a la creación del Estado social de derecho, a la dignidad de la ciudadanía y a la superación de las desigualdades y discriminaciones de clase, sexo, religión y procedencia.
Ha sido un vivero de ideas para cambiar el mundo desde el compromiso con la humanidad y el humanismo, resistiendo siempre a las tentaciones al atajo fanático que llevó al crimen a las ideologías rivales. En la clandestinidad, en la oposición y en el poder ha forjado un acervo democrático que hoy comparten todas las fuerzas políticas civilizadas del mundo.
Es difícil no caer en la melancolía si se echa una mirada al pasado glorioso del SPD. Porque su presente ha ido degenerando desde la tristeza hacia la miseria. El acto celebrado ayer por su actual cúpula, con el canciller Gerhard Schröder a la cabeza, sólo confirma esa cruel realidad de que el SPD no tiene nada que celebrar hoy. Miles de fieles militantes han roto o tirado su carné, las últimas derrotas electorales son de escándalo, los sondeos lo hunden hacia el 20% del electorado, sus dirigentes no pierden ocasión para contradecirse y deslegitimarse entre ellos y su esclerosis asusta ya hasta a sus rivales.

Las enfermedades del SPD son muchas y muy graves, pero son además, como otras veces en el pasado, serios dramas de Alemania en general. La falta de coraje, de ideas y de solidaridad, pero ante todo la dictadura de la mediocridad, no son problemas específicamente socialdemócratas en Alemania. Son fenómenos que los atenazan a ellos, en el partido de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, de Kurt Schumacher y Willy Brandt, como a cristianodemócratas, sindicalistas, empresarios y banqueros por igual. Pero resulta especialmente doloroso allí, en el SPD, en un partido en el que durante más de un siglo se conjugó la lealtad con el carácter y la solidaridad con la valentía y la disposición al sacrificio. Qué triste celebración y qué falta de respeto a su propio pasado cuando las rivalidades políticas llegan al bajísimo nivel de no invitar al acto al que fuera el anterior presidente del partido, Oskar Lafontaine. El pequeño Napoleón del Sarre ha sido probablemente uno de los máximos responsables del hundimiento ideológico, político y formal de ese gran partido. Pero no más que el propio canciller o el otro dirigente nefasto que fue Rudolf Scharping, la otra pata de aquel trío al que se votó para acabar ya en Berlín con el anquilosamiento de Bonn y la vaguería intelectual de los cristianodemócratas bajo Helmut Kohl. Alemania, la supuesta gran potencia y locomotora europea, tiene un partido en el Gobierno que no gobierna ni se atreve, un Parlamento secuestrado por los sindicatos y diversos gremios y una población aturdida y dividida en taifas sectoriales que paralizan toda reforma y se acusan entre ellos de hundir al país en la recesión económica, en la decrepitud industrial y en la inanidad política. Todo muy triste y pedestre. Helmut Schmidt, famoso por su mal humor, tiene motivos para enfadarse. En el semanario Die Zeit se muestra harto con la autocompasión de los alemanes, que impide todo cambio. Y no deja títere con cabeza. Y con melancolía, se supone, se acuerda del gran socialista Lasalle, que exigía que “se articule lo que sucede”. Nadie se atreve. Ante semejante panorama, su antecesor en el SPD, Willy Brandt, no habría sido capaz ni de enfadarse, habría cogido una inmensa depresión como la han cogido la economía, la política y la sociedad alemanas. Pero Brandt, con todos sus defectos, era un valiente.
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ESPESA NIEBLA EN EL CANAL

Por HERMANN TERTSCH
El País  Sábado, 17.05.03

TRIBUNA

El secretario de Estado norteamericano Colin Powell, la cara amable del Gobierno del presidente George W. Bush, ha visitado Alemania. Lo que durante medio siglo apenas ha sido noticia ahora es un acontecimiento extraordinario. Hacía seis meses que no acudía a Berlín ningún miembro de cierto rango de la Administración norteamericana. También hace medio año que Bush no habla ni por teléfono con Gerhard Schröder, el jefe del Gobierno del que fuera el principal y más leal aliado de EE UU en Europa continental. La coalición del SPD y Los Verdes confiaba en que Powell pusiera fin a la era glacial en las relaciones con Washington. Craso error.
Desde ayer está muy claro que los intentos de Berlín y de París de pasar rápidamente página y olvidar su enfrentamiento con Washington, que tanta popularidad efímera les dio antes y durante la guerra de Irak, están de momento condenados al fracaso. Powell ha dejado claro que son los alemanes los que tienen que recomponer los platos rotos. Y Bush, en Washington, no ha podido resistir la tentación de darle una sonada bofetada política a Schröder al sumarse por sorpresa a un encuentro del vicepresidente, Dick Cheney, con Roland Koch, presidente del Estado federado de Hesse y hombre fuerte de la oposición democristiana alemana. En Berlín se entendió el gesto como lo que quería Bush que fuera, un gesto de desdén hacia Schröder.
Los daños a estas relaciones son más profundos de lo que algunos han querido creer. Comenzaron con los alardes electorales de populismo antiamericano de un Gobierno alemán que se veía derrotado en los comicios de septiembre pasado y culminaron en el autosatisfecho seguidismo de Berlín a la política de París en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. En la conmemoración del Tratado de Versalles, primero, y en Bruselas y Nueva York, después, Schröder y Chirac decidieron erigirse no ya en tándem de aliados díscolos sino en contrapoder con vocación obstruccionista a toda política de Washington respecto a Irak. En medio de la oleada de hostilidad hacia Washington que movilizó a media Europa, Berlín y París se creyeron tan arropados y jaleados que consideraron conveniente otra afrenta transatlántica y un menosprecio a los demás miembros de la OTAN con su patética cumbre reciente para la creación de una alianza militar europea sin otros aliados que Bélgica y Luxemburgo.
Ayer como muy tarde, Berlín y París han tenido que comprender que sus intentos de erigirse en líderes de un supuesto contrapoder europeo a Washington no sólo han fracasado, sino que tienen un alto costo para ambos. Moscú, su supuesto aliado en ese eje contra el unilateralismo, ya se ha reconciliado con Washington. La mayoría de los miembros europeos de la OTAN han criticado su política. Y ahora les toca hacer esfuerzos a ellos para no quedarse totalmente aislados con la única y poco reconfortante compañía de Bélgica y Luxemburgo. Schröder se ha mostrado de repente dispuesto a ampliar su presencia militar en Afganistán cuando hace semanas quería liquidarla lo antes posible. Francia siente un repentino impulso de enviar tropas a Irak. Ambos se declaran ahora dispuestos a favorecer una resolución para el inmediato levantamiento de las sanciones a Irak tal como desea Washington.

Todo ello ocurre cuando la luna de miel con su electorado pacifista o antiamericano toca a su fin. Alemania se hunde en la recesión y el déficit. En Francia las manifestaciones ya no celebran a Chirac como adalid europeo, sino que lo tachan por querer liquidar las pensiones. Los británicos cultivan aquel viejo dicho, mitad serio mitad guasa, que anunciaba densa niebla sobre el canal de la Mancha y sentenciaba, que debido a ello, “el continente se halla aislado”. Las dos potencias europeas han creído, entre tanta niebla, que eran los demás los aislados. Ahora son ellos los condenados al esfuerzo de disipar la niebla generada y recuperar la confianza de Washington y de sus aliados europeos, imprescindible para la Unión Europea, para la OTAN y para la seguridad común.
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EL RETORNO DE LA JUDEOFOBIA

Por HERMANN TERTSCH
El País  Domingo, 04.05.03

REPORTAJE: ANÁLISIS

La Intifada y la política de Sharon parecen haber conferido ‘respetabilidad’ a la percepción de los judíos como un elemento social indeseable

El nuevo antisemitismo se nutre ante todo del odio al Estado de Israel y se manifiesta en la agresión verbal o física contra todo lo judío

El 29 de abril se conmemora todos los años la mayor tragedia humana de todos los tiempos, el Holocausto. El exterminio industrializado de seis millones de judíos por parte del régimen nazi alemán es un punto de inflexión en la historia de la humanidad, para la percepción propia del ser humano como tal y para la comprensión del mundo, que cambió irrevocablemente al reventar lo que el premio Nobel de Literatura Imre Kertesz llamó “la fruta oscura” del ser humano simbolizada por Auschwitz. En Israel, todo el país se paraliza durante dos minutos y las sirenas gimen en recuerdo de tantos hombres, mujeres y niños convertidos en humo o lodo por aquella perfecta cadena de producción de muerte. En Madrid, ese día, el martes pasado, la minúscula comunidad judía madrileña convocaba a una ceremonia en recuerdo de las víctimas en la sede de la Asamblea de Madrid, que acoge el acto desde hace años. Asistieron un par de cientos de personas, en su mayoría judíos, así como representantes del PP y del PSOE. IU estaba ausente. Según su dirigente Gaspar Llamazares, IU no acudiría a una ceremonia en la que supuestamente sólo se recuerda a los judíos muertos y no a los demás, entre ellos a los soldados soviéticos caídos en la II Guerra Mundial.

Llamazares
Que Llamazares no acudiera a la manifestación en contra del régimen de Fidel Castro de la pasada semana era perfectamente lógico, dada la incondicional defensa de la dictadura castrista que es aún piedra angular del ideario de su formación política. ¿Cuáles son, sin embargo, sus motivos para despreciar un acto en honor de millones de judíos, decenas de miles de ellos comunistas, asesinados por el nazismo, supuesto enemigo mortal del comunismo, ideología que Llamazares dice seguir profesando “a mucha honra”? Todo sugiere que no es el pudor que cualquier comunista podría sentir al recordar los dos años de vigencia del Pacto Hitler-Stalin de 1939 a 1941, durante los cuales los dos dictadores no sólo se repartieron Polonia, sino que también intercambiaron febrilmente exiliados en sus respectivos países, en gran parte judíos, que perecerían después en los campos de la muerte de ambos regímenes. Ni las purgas antisemitas de Stalin, de Clement Gottwald en Checoslovaquia, de Matyas Rakosi -judío, por cierto- en Hungría o de Wladislaw Gomulka años más tarde en Polonia. La memoria es selectiva.
Los motivos de Llamazares parecen mucho más actuales, según coincidían en señalar asistentes al acto en Vallecas. Serían los mismos que han llevado en los últimos dos años -y especialmente en los últimos meses- a decenas de miles de ciudadanos europeos a manifestarse bajo pancartas que equiparaban al primer ministro israelí, Ariel Sharon, con Hitler, y la estrella de David con la cruz gamada. Las manifestaciones de apoyo a la Intifada palestina en Francia han coreado, con más frecuencia de lo que algún organizador pretendía, lemas como “muerte a los judíos” y “muerte a Israel”. Periodistas en toda Europa, de derechas y de izquierdas, han hablado de “holocausto palestino” al referirse a la represión militar del Gobierno de Sharon en los territorios ocupados. Decenas de sinagogas y cementerios judíos han sido asaltados en los últimos tiempos en el Viejo Continente, en el que, salvo en Francia y el Reino Unido, las comunidades judías son minúsculas, cuando no inexistentes.
El nuevo antisemitismo se nutre ante todo del odio al Estado de Israel y se manifiesta en la agresión verbal o física contra todo lo judío, y especialmente contra aquellos judíos que decidieron permanecer o volver a la diáspora en Europa y no establecerse en el Estado judío en Palestina.

Mala conciencia
Durante años, el peligro para los judíos en Europa procedía únicamente del terrorismo árabe. El antisemitismo no sólo era políticamente incorrecto, sino una actitud y un pensamiento despreciables. Incluso surgió un filojudaísmo -basado, por lo general, en los mismos prejuicios que el antisemitismo- producto de la mala conciencia europea, que no sólo alemana, por haber participado o colaborado con la desaparición de los judíos del propio entorno o haberla aceptado con más o menos complacencia.
Hoy, el antisemitismo, el antijudaísmo por utilizar un término más exacto, celebra su retorno a discursos políticos, comentarios y análisis de prensa y debate popular. La brutalidad del Gobierno de Sharon y las injusticias que sufren los palestinos han hecho desaparecer esa mala conciencia y cada vez son más los que se adhieren al discurso que considera que “los judíos son los culpables”. De la inestabilidad en Oriente Próximo, del terrorismo árabe que ellos provocan, de la guerra en Irak. Los judíos son los verdugos de los palestinos hoy, luego tampoco eran tan inocentes entonces, luego nuestra culpa tampoco es grave.
Quienes esto escriben ya no ocultan su antijudaísmo. La Intifada y la política de Sharon parecen haber conferido respetabilidad, no a la apología del genocidio, por supuesto, pero sí a esa percepción de los judíos como un elemento social indeseable y culpable de males ajenos. Luego si no existieran, el mundo sería más armonioso. El judío vuelve como chivo expiatorio ideal para momentos de crisis e incertidumbre. No todo antisionismo es antijudaísmo, por supuesto. Si fuera así, una gran parte de los israelíes tendrían que ser calificados como tales. El sionismo como sueño igualitarista, socializante y liberador hace tiempo que no conmueve ya más que a los viejos pioneros de aquella causa. Pero secuestrado el término en su momento por los enemigos del Estado de Israel -la Unión Soviética y los árabes-, hoy sirve, la mayoría de las veces, para mantener y multiplicar el odio contra la osadía que para muchos supone la propia existencia de Israel.
Las supuestas conspiraciones para gobernar el mundo de los Sabios de Sión, y las conjuras judeomasónicas de antaño, han dado paso como mal absoluto y amenaza mundial a la alianza sionista-imperialista. Washington y Bush, según esta teoría judeofóbica moderna, son rehenes o lacayos de un oscuro contubernio judío. Todos en Europa parecen saber que Wolfowitz y algunos otros miembros de la corriente neoconservadora norteamericana son judíos. Y a nadie se le olvida recalcarlo mientras que a nadie se le ocurre decir que otros son católicos, adventistas, agnósticos, de origen irlandés, chino o hispano. Se advierte contra la amenaza judeocristiana. La guerra de Irak, tras dos años de Intifada, ha confirmado esta corriente de opinión que genera el clima necesario para que los más radicales o consecuentes pasen a la acción. Las inquietudes que esto genera entre los judíos de Israel y la diáspora no parecen tomarse en serio.

LA DIÁSPORA CIERRA FILAS

“En Estados Unidos sobre todo, pero también en Europa, los judíos de la diáspora han cerrado filas tan incondicionalmente en torno a Sharon que, en vez de ayudarnos, como ellos creen que hacen, están ayudando a mantener una política que nos pone en peligro a todos y que muchos israelíes no desean”. El escritor Meir Shalev critica con tanta dureza la radicalidad que ha generado en las comunidades judías norteamericanas la Intifada y los atentados suicidas como la política represiva de Sharon y el apoyo recibido para la misma por parte de Washington. Shalev, veterano de guerra, herido en combate, con su hijo mayor en el ejército, considera que todo lo que no sea crear un Estado palestino libre y viable en los territorios ocupados; desmantelar los asentamientos, muchos repletos de fanáticos, y firmar la paz con todos los países árabes, sería un suicidio a medio plazo para un Estado de Israel democrático.
Pero también se muestra indignado con la autocomplacencia y la postura de superioridad moral que han adoptado respecto a Israel la mayor parte de los Gobiernos y las opiniones públicas de Europa. La crítica a la política del Gobierno de Ariel Sharon en los territorios ocupados y a la actuación del ejército israelí es no ya legítima, sino imprescindible para buscar una solución justa al conflicto. Pero en Israel, la confianza en Europa, que nunca ha sido muy grande, está hoy bajo mínimos por lo que se considera una política propalestina que no otorga importancia a la seguridad de Israel. La postura de Francia y Alemania ante la crisis de Irak y la consiguiente división en la Unión Europea han fortalecido la convicción de los israelíes de que su seguridad depende única y exclusivamente de Washington y de sí mismos. Es éste un fenómeno que se retroalimenta con la influencia de los grupos de presión judíos en Estados Unidos, hoy más fuerte que nunca, paradójicamente, bajo un presidente del Partido Republicano, que tradicionalmente no tiene unos vínculos tan íntimos con la comunidad judía como el Demócrata. Esa influencia es para muchos israelíes su único seguro de vida. De los europeos esperan muy poco estos europeos milenarios que sobrevivieron a millones de familiares, dieron la espalda a un continente que no supo protegerlos del exterminio y se adaptaron a las duras condiciones de la vida en Oriente Próximo, donde las reglas son muy distintas.
Ceremonia en recuerdo del Holocausto celebrada el pasado martes en la Asamblea de Madrid. GORKA LEJARCEGI
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LA RECTIFICACIÓN

Por HERMANN TERTSCH
El País  Miércoles, 23.04.03

COLUMNA

Resulta muy difícil escribir unas líneas para rectificar una información escrita y firmada por mí que -como todo lo que firmo en este periódico que es el mío desde hace veinte años- se publicó bajo mi entera responsabilidad el pasado día 11 de abril bajo el título de Periodistas en guerra. Es la primera vez que me veo obligado a hacerlo para mantenerme fiel a ciertos principios que he defendido en público e intentado respetar en mi trabajo. Siempre he sentido pena por aquellos que no saben reconocer sus errores, son incapaces de enmendarlos y suelen estar por ello condenados a repetirlos. Incluso quienes medran con tal hábito y se encumbran en el poder y la influencia infunden más temor que afecto o respeto. Este triste episodio lo demuestra una vez más.
Un documento en poder de El Mundo confirma, según la dirección de ese diario, que Julio Anguita Parrado “disponía de un chaleco de protección SI IIIA” que había comprado la empresa editora en un lote de seis. En mi artículo, pedía a los periodistas que habían hecho un desplante a Aznar que se plantaran “ante quien obligó a Julio a comprarse el chaleco antibalas con su dinero, lo que le impidió tener uno que le hubiera permitido cumplir los requisitos de seguridad que se exigía para sumarse al convoy que partía hacia Bagdad y abandonar el campamento donde murió”. Disponía de varias fuentes que así lo afirmaban, incluida alguna en el diario de nuestro desafortunado compañero.
Todo parece indicar que me dieron un dato erróneo, no sé si con buena o mala fe, pero esto no puede ni debe servirme de excusa. Es ahora evidente que debería haber puesto más ahínco en confirmar el dato. Sin el cual, por cierto, el artículo habría sido prácticamente el mismo. Por eso probablemente me duele aún más este error. Varios colegas me recomendaron someter a mayor escrutinio la famosa factura. Me he negado a ello y la doy por válida e incontestada. No seré yo quien intente encubrir un desliz propio con supuestos montajes ajenos. Pido por tanto disculpas por este error a quienes se sientan afectados y en primer lugar a mi propio diario por haberle llevado a publicar un dato que, desmentido por el documento que obra en poder de El Mundo, no puedo reafirmar. La responsabilidad es mía. Eso sí, sólo ésa. Porque no soy responsable de que la dirección de ese periódico se sintiera aludida cuando hablaba de “periodistas a los que sus directores mandan a la guerra sin un miserable seguro”. Existen, no lo duden. Pero yo no citaba a Julio.
Dicho esto, y sin ánimo de agitar aún más las turbulentas aguas del periodismo nacional, quiero compartir un par de reflexiones e interrogantes a las que me ha inducido mi error, así como las valientes declaraciones de Mercedes Gallego y las reacciones en general tras la muerte de Julio Parrado y José Couso. ¿Cómo pudimos, yo y tantos otros, considerar tan perfectamente verosímil la aberración que habría supuesto el hecho de que una empresa obligara a un periodista a comprarse su propio chaleco para ir a semejante guerra? ¿Cómo es posible que, pertrechado con tan excelente chaleco SI IIIA, “homologado por el Ejército israelí”, Julio no pudiera sumarse al convoy hacia Bagdad?
¿Por qué el joven periodista no estalló en júbilo cuando el director de su periódico -según éste afirma en carta publicada en EL PAÍS el 12 de abril- le comunicó su ingreso en plantilla “el próximo 1 de mayo”, máxime en un momento en el que se multiplican las bajas incentivadas? ¿Cómo logró Julio reprimir su felicidad y mantener en absoluto secreto tamaña buena nueva? Finalmente: ¿por qué me felicitaron tantos colegas -quizás más gente de El Mundo que de otros medios y mi propio diario- por ese artículo, a pesar de saber ya o comunicarles yo que contenía el imperdonable error de un dato no suficientemente contrastado que se me podía refutar con autoridad? ¿Por qué hay tanta gente allí y en todas partes que considera a Ramírez incapaz de decir una verdad que no le beneficie?

En todo caso, y aunque plagado de dudas, doy por errónea mi afirmación sobre el chaleco de Julio Anguita Parrado, reitero mi pésame a su familia y a sus compañeros de redacción, como a los de José Couso, y por mi parte doy por zanjado este triste episodio, dejando claro que sólo he rectificado una frase de un artículo de más de dos folios que me parece más actual hoy que cuando se publicó. Concluyo estas líneas expresando mi esperanza -confieso que frágil- en que no tengamos que lamentar más muertes de colegas, en que la obscena precariedad en la profesión sea un fenómeno pasajero, en que directivos y empresas sientan vergüenza cuando mercadean con cuerpos y tragedias y, finalmente, en que ciertas personas -recuperadas de tanto sollozo y santa indignación- no vuelvan a tener la osadía de hablar de deontología profesional. Porque ni un error ni mil merecen el castigo de la náusea permanente.
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